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``Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (Mc 12, 28-34)

En el Evangelio de hoy encontramos que un escriba, conocedor de la ley, se dirige a Jesús y le pregunta sobre el mandamiento principal. Sorprende que un maestro de la ley le haga esa pregunta a Jesús, que no es un experto en la ley.

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En los tiempos de Jesús, la persona que quería agradar a Dios tenía que cumplir 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones). Ante tal cantidad de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante.

Además, la gente ordinaria no conocía tantas prescripciones, solamente los estudiosos y maestros de la ley tenían ese conocimiento.

En el Evangelio de hoy encontramos que un escriba, conocedor de la ley, se dirige a Jesús y le pregunta sobre el mandamiento principal.

En el antiguo testamento estaban formulados los dos mandamientos de forma separada, en el Deuteronomio 6, 5 se enunciaba el amor a Dios sobre todas las cosas y en el Levítico 19, 18 el amor al prójimo.

La novedad de Jesús es que une estos dos mandamientos en uno y los equipara, es decir, estos dos son los principales mandamientos, ninguno de los dos es más importante que el otro, sino que ambos están entrelazados y no se pueden separar. Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo como las dos caras de una misma moneda. No podemos quedarnos con el amor a Dios y el culto, ni tampoco contentarnos solamente con el amor y la justicia con el prójimo. Los dos mandamientos son inseparables, no se puede amar a Dios y desentenderse del hermano.

Nosotros no tenemos que preguntar a nadie sobre el mandamiento principal y primero pues lo sabemos desde niños, pero sí que tenemos que preguntarnos si en nuestra vida van unidos, si realmente vivimos esta unidad en el amor. Los cristianos sabemos que la caridad forma parte de la identidad de Dios. “Dios es amor” y donde hay caridad allí está el Señor, por lo que, practicando el amor hacemos presente a Dios en la vida de cada día. Tenemos un solo corazón y desde esa única fuente tenemos que amar a Dios y al prójimo. No hay dos amores, sino un solo amor que tiene dos direcciones, hacia Dios y hacia el prójimo, nuestra vida se mueve con la única pasión de amar que brota del amor que Dios ha infundido en nuestros corazones, pues él nos ha amado primero.

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