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``El hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos`` (Mc 10, 35-45)

El Evangelio del domingo 17 de octubre tiene dos partes bien definidas: la ambición de dos discípulos y la conversación con ellos y el adoctrinamiento de los doce.

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En la primera parte parece que Jesús no ha conseguido nada con sus enseñanzas, cuando los discípulos continúan con sus sueños de grandezas humanas. La petición de los dos hijos de Zebedeo, hace responder a Jesús con el “no sabéis lo que pedís” y les habla de las condiciones para poder atender su petición, es decir, de beber el cáliz y del bautismo, o lo que es lo mismo, de morir y renacer.

De todas las maneras, el derecho a la reserva de los primeros puestos, le corresponde al Padre.

El Evangelio del domingo 17 de octubre habla de la ambición y de la actitud de servicio que deben tener los discípulos de Jesús.

La reacción de los restantes discípulos da pie al adoctrinamiento, presentando Jesús las razones profundas de la nueva dinámica de la comunidad. Les habla de los grandes y poderos y de vosotros. Lo que hacen los primeros está en contradicción con lo que deben hacer los segundos. La ley por la que deben regirse los discípulos, no es la imitación de los grandes, sino que nace de la vida del hijo del hombre. Quien quiera ser el mayor ha de ser el servidor, sin dejarse llevar de la ambición. Jesús proclama la ley fundamental que debe estar siempre vigente en su comunidad: cada uno debe ser servidor de los otros. Su comunidad es una comunidad de servidores. Él mismo es el modelo de comportamiento.

Dice San Agustín: “¿Qué les responde a quienes buscaban lugar tan privilegiado? ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? ¿Qué cáliz, sino el de la humildad, el de la pasión, bebiendo el cual y haciendo suya nuestra debilidad dice al Padre: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz?… Esta es la doctrina cristiana, el precepto y la recomendación de la humildad; no gloriarse a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Pues no tiene nada de grande gloriarse en la sabiduría de Cristo, pero sí lo es hacerlo en su cruz” (Sermón 160, 5).

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