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Evangelio del Domingo de Pascua, según San Agustín: ``¿Qué necesidad tienes de algo que no amas? Dámelo`` (Jn 20, 1-9)

En este día glorioso de la Resurrección del Señor, vemos cómo el discípulo amado vio y creyó. La Resurrección es un misterio de fe que nos habla del inmenso amor de Dios que nos salva, que se acerca a nosotros. Todo tiene sentido desde el amor, todo se entiende desde la resurrección.

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María Magdalena se había acercado al sepulcro de Jesús, lo vio, pero, al principio, no lo reconoció. Hasta que Cristo Resucitado no se nos desvela, no le vemos. Necesitamos la fe para descubrir a Cristo, para ver la vida, para ver cómo Dios sigue actuando siempre a nuestro lado.

Con el Domingo de Resurrección, comienza el tiempo de Pascua. El evangelio de hoy habla del inmenso amor salvífico de Dios.

Hoy se ha leído el relato de la resurrección del Señor según el evangelio de San Juan, y hemos escuchado que los discípulos buscaron al Señor y no lo encontraron en el sepulcro. Esto ya se lo habían anunciado las mujeres, creyendo no que había resucitado, sino que lo habían robado de allí. Llegaron dos discípulos, el mismo Juan Evangelista -se sobrentiende que era aquel a quien amaba Jesús- y Pedro con él; entraron, vieron solamente las vendas, pero ningún cuerpo. ¿Qué está escrito de Juan mismo? Si lo habéis advertido, dice: Entró, vio y creyó. Creyó lo que habéis oído, pero no se alaba esa fe; en efecto, se creen tanto cosas verdaderas como cosas falsas. Pues, si se hubiese alabado el que creyera en este caso o se hubiese recomendado la fe en el hecho de que “vio y creyó”, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Jesús resucitara de entre los muertos.

 Vio y creyó

Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó, entonces? ¿Qué creyó sino lo que había dicho la mujer, a saber, que habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto. Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo, y creyeron no que había resucitado, sino que había desaparecido. Ellos, varones, lo vieron ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron. La mujer se quedó allí y comenzó a buscar el cuerpo de Jesús con lágrimas y a llorar junto al sepulcro. Ellos, más fuertes por su sexo, pero con menor amor, se preocuparon menos. La mujer buscaba con más ahínco a Jesús, porque ella fue la primera en perderlo en el paraíso; como por ella había entrado la muerte, por eso buscaba más la vida. Y, sin embargo, ¿cómo la buscaba? Buscaba el cuerpo de un muerto, no la incorrupción del Dios vivo, pues tampoco ella creía que la causa de no estar el cuerpo en el sepulcro era que había resucitado el Señor. Entrando dentro, vio unos ángeles.

“Rabí” 

Observad que los ángeles no se hicieron presentes a Pedro y a Juan, y sí, en cambio, a esta mujer. Lo que, amadísimos, se pone de relieve porque el sexo más débil buscó más lo que, como dijimos, fue el primero en perder. Los ángeles la ven y le dicen: No está aquí, ha resucitado. Todavía se mantiene en pie y llora; aún no cree; pensaba que el Señor había desaparecido del sepulcro. Vio también a Jesús, pero no lo toma por quien era, sino por el hortelano; todavía exige el cuerpo del muerto. Si tú -dice- lo has cogido, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. ¿Qué necesidad tienes de algo que no amas? Dámelo -le dice-. La que así le buscaba muerto, ¿cómo creyó que estaba vivo? A continuación, el Señor la llama por su nombre. María reconoció la voz, y volvió su mirada al Salvador y le responde ya sabiendo quién era: Rabí, que quiere decir “Señor”.

Sermón 229 L, 1.

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