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Evangelio del Domingo de Pentecostés, según San Agustín

En esta Solemnidad de Pentecostés, el Señor Jesús nos promete el Espíritu Santo, nos promete la vida eterna junto a él.

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Si tenemos el Espíritu Santo con nosotros, somos conscientes que tenemos la misma fuerza de Dios para caminar junto a Él, para no desviarnos del camino, para no desfallecer de hambre y sed en el camino. Porque somos caminantes hacia la auténtica patria que el cielo, que es vivir felices junto a Dios. El Espíritu Santo es el rocío que nos da frescor para no cansarnos en buscar siempre a Dios.

En la solemnidad de Pentecostés, el Señor Jesús nos promete el Espíritu Santo, nos promete la vida eterna junto a él.

Grata es para Dios esta solemnidad, en la que la piedad recobra vigor y el amor, ardor, como efecto de la presencia del Espíritu Santo, según enseña el Apóstol al decir: El amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado. Con la llegada del Espíritu Santo los ciento veinte hombres reunidos en el lugar se llenaron de él. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles escuchamos que estaban reunidos en una sala ciento veinte personas que esperaban la promesa de Cristo. Se les había dicho que permanecieran en la ciudad hasta que fuesen revestidos del poder de lo alto. Pues yo -les dijo el Señor- os enviaré mi promesa. Él es fiel a la hora de prometer y bondadoso a la hora de dar. Lo que prometió estando en la tierra, lo envió después de ascendido al cielo. Tenemos una prenda de la vida eterna futura y del reino de los cielos. Si no nos defraudó en esta primera promesa, ¿va a defraudarnos en lo que esperamos para el futuro?

Las arras del Espíritu Santo

Todos los hombres, cuando cierran un contrato y difieren el pago, la mayor parte de las veces reciben o entregan unas arras, que dan fe de que luego llegará aquello por lo que se anticiparon unas arras. Cristo nos dio las arras del Espíritu Santo; él, que no podía engañarnos, nos otorgó la plena seguridad cuando nos entregó esas arras, aunque cumpliría lo prometido aun sin habérnoslas dejado. ¿Qué prometió? La vida eterna, dejándonos como arras el Espíritu. La vida eterna es la posesión de los moradores, mientras que las arras son un consuelo para los peregrinos. Es más apropiado hablar de arras que de prenda. Estas dos cosas parecen idénticas, pero entre ellas hay una diferencia no despreciable. Si se dan las arras o una prenda es con vistas a cumplir lo prometido; mas, cuando se da una prenda, el hombre devuelve lo que se le dio, una vez recibido en su totalidad aquello por lo que se le dio; en cambio, cuando se dan las arras, no se las recupera, sino que se le añade lo necesario hasta llegar a lo convenido. Tenemos, pues, las arras; tengamos sed de la fuente misma de donde manan las arras. Tenemos como arras cierta rociada del Espíritu Santo en nuestros corazones para que, si alguien advierte este rocío, desee llegar a la fuente. ¿Para qué tenemos, pues, las arras sino para no desfallecer de hambre y sed en esta peregrinación?

Ser forasteros

Si reconocemos ser forasteros, no cabe duda de que sentimos hambre y sed. Quien es forastero y tiene conciencia de ello, desea la patria, y, mientras dura ese deseo, la condición de forastero le resulta molesta. Quienes sufrían necesidad en su patria, se hacen ricos fuera de ella y no quieren volver. Nosotros hemos nacido como forasteros lejos de nuestro Señor, desde el momento en que inspiró el aliento de vida al primer hombre. Nuestra patria está en el cielo, donde los ciudadanos son los ángeles. Desde nuestra patria nos han llegado cartas invitándonos a regresar, cartas que se leen a diario en las comunidades cristianas. Que os resulte despreciable el mundo, amad al autor del mundo.

Sermón 378

 

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