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Evangelio del IV Domingo de Cuaresma según San Agustín: ``¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien confiesa su pecado!`` (Lc 15, 1-3.11.32)

En este domingo IV de Cuaresma, el evangelio nos propone meditar sobre la parábola del hijo pródigo, también conocida como del padre misericordioso.

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San Agustín nos ayuda con su reflexión a que sepamos reconocer nuestros fallos, nuestros pecados, pues muchas veces lo que hacemos nos aparta de Dios.

Pero la misericordia de Dios es grande, solo con pedírselo, aún más, con pensarlo y volver a Dios, él nos acoge y perdona. Abramos nuestro corazón al amor generoso de Dios.

En el IV domingo de Cuaresma el evangelio propone meditar sobre el hijo pródigo. Y San Agustín invita a que sepamos reconocer los pecados.

Se levanta y retorna, pues, tras haber caído, había quedado postrado en el suelo. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. Su palabra está en el salmo: Tú has conocido de lejos mis pensamientos. ¿Cuáles? Los que tuvo en su interior: Diré a mi padre: he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de que me llames hijo tuyo, equipárame a uno de tus jornaleros. En efecto, aún no lo decía, sino que pensaba decirlo; con todo, el padre lo oía como si lo estuviera diciendo.

A veces se halla uno en medio de una tribulación o una tentación y piensa orar; y con el mismo pensamiento reflexiona sobre lo que ha de decir a Dios en la oración, como hijo que, apoyándose en un derecho propio, reclama la misericordia del padre. Y dice en su interior: “Diré a mi Dios esto y aquello; no temo que al decirle esto, con estas lágrimas, no me vaya a escuchar mi Dios”. La mayor parte de las veces ya le está oyendo mientras dice “esto”, pues ni siquiera al reflexionar ocultó sus pensamientos a los ojos de Dios. Cuando él se disponía a orar, estaba ya allí presente quien iba a estarlo una vez que empezase la oración. Por eso se dice en otro salmo: He dicho, declararé contra mí mi delito al Señor.

Misericordia de Dios

Ved cómo llegó a decir algo en su interior; ved qué se había propuesto. Y al momento añadió: Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón. ¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien confiesa su pecado! Dios no está lejos de los contritos de corazón. Así lo tienes escrito: Cerca está el Señor de los que tienen contrito su corazón. Por tanto, aquel hijo ya tenía contrito su corazón en la región de la miseria; a él había retornado para hacerlo trizas. Orgulloso había abandonado su corazón y airado había retornado a él. Se airó para castigarse, para castigar su propia maldad; había retornado para merecer la bondad del padre.

Habló airado conforme a las palabras: Airaos y no pequéis. Efectivamente, todo el que se arrepiente se aíra consigo mismo, pues, por estar airado, se castiga. De aquí proceden todos los movimientos propios del arrepentido que se arrepiente y se duele de verdad. De aquí el mesarse los cabellos, el ceñirse los cilicios y los golpes de pecho. Todas estas cosas son, sin duda, indicio de que el hombre se ensaña y se aíra consigo mismo. Lo que hace externamente la mano, lo hace internamente la conciencia; se golpea en sus pensamientos, se hiere y, para decirlo con más verdad, se da muerte. Y dándose muerte ofrece a Dios el sacrificio de un espíritu atribulado: Dios no desprecia el corazón contrito y humillado. Por tanto, haciendo trizas, humillando, hiriendo su corazón, le da muerte.

Sermón 112A, 5.

 

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