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Vigilad para que no os arrastren las manos de los pecadores (Lc 4, 21-30)

Hoy vemos en el evangelio como a Jesús no lo reciben bien en su casa, entre los suyos. No le reconocen, no aceptan sus palabras: “no hemos visto que ha realizado aquí las obras que ha hecho en Cafarnaún”.

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Por eso, San Agustín, nos anima a que vivamos en humildad, separándonos de la soberbia, del yugo de la esclavitud para que podamos vivir siempre en Dios. No nos separemos nunca de la carrera de la vida, de las fuentes de agua viva que solo nos puede dar Jesucristo.

“Animaos, pues, a esto, unidos y separados: unidos a los buenos y separados de los malos; como elegidos, amados, conocidos de antemano, llamados, candidatos a la justificación y a la glorificación, para que, creciendo, rejuveneciendo y envejeciendo, no por el debilitamiento de los miembros, sino por la madurez de la fe, propia de hombres adultos, llegados a la vejez plena, llenos de paz, anunciéis las obras del Señor, que os hizo tantas maravillas porque es poderoso, su nombre es santo y su sabiduría no tiene medida. Buscáis la vida: corred hacia él, que es la fuente de la vida, y, alejadas las tinieblas de vuestros oscuros deseos, veréis la luz en la luz de aquel Unigénito, vuestro clementísimo Redentor y brillantísimo Iluminador. Si buscáis la salvación, poned vuestra esperanza en quien salva a los que esperan en él. Si deseáis la embriaguez y las delicias, tampoco os las negará. Sólo es preciso que vengáis, lo adoréis, os prosternéis y lloréis en presencia de quien os hizo, y él os embriagará de la abundancia de su casa y os dará a beber del torrente de sus delicias (cf. Sal 35,9).

El Evangelio del 30 de enero, IV domingo del tiempo ordinario, muestra cómo a Jesús no siempre le entendían o le recibían bien.

Pero estad atentos, no entre a vosotros el pie de la soberbia; vigilad para que no os arrastren las manos de los pecadores. A fin de que no acontezca lo primero, orad para que purifique cuanto oculto hay en vosotros; para que no sobrevenga lo segundo y os tire por tierra, pedid que os libre de los males ajenos. Si estáis tumbados, levantaos; una vez levantados, poneos de pie; puestos de pie, quedad firmes y manteneos en esa postura. No carguéis ya más con el yugo; antes bien romped sus coyundas y arrojadlo lejos de vosotros para no volver a estar unidos al yugo de la esclavitud (cf. Sal 2,3)”.

Sermón 216.

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