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Evangelio del V Domingo de Pascua, según San Agustín: Perseguid el amor, el dulce y saludable vínculo de las mentes (Jn 13, 31-33a. 34-35)

En este V Domingo de Pascua se nos ofrece la mejor manera de vivir el Evangelio de Jesús: el amor.

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Si no podemos leer todas las Escrituras, si no podemos cumplir todos los preceptos, hay una manera rápida de vivir todas las enseñanzas de Jesús: amar a Dios y amar a los hermanos. Es el mejor resumen que Jesús dejó a sus discípulos y sigue siendo imprescindible para vivir hoy nuestra fe. Muchas veces nos agobiamos porque ser cristiano nos parece complicado. Jesús nos lo resume: hay que vivir como él vivió: amando y perdonando a todos.

El Evangelio del V Domingo de Pascua recoge el mejor resumen de la propuesta de Jesús: que seamos testimonio del amor de Dios.

Dios es amor

Quien tiene su corazón lleno de amor, hermanos míos, comprende sin error y mantiene sin esfuerzo la variada, abundante y vastísima doctrina de las divinas Escrituras, según las palabras del Apóstol: La plenitud de la ley es el amor; y en otro lugar: El fin del precepto es el amor que surge de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida. ¿Cuál es el fin del precepto sino el cumplimiento del mismo? ¿Y qué es el cumplimiento del precepto sino la plenitud de la ley? Lo que dijo en un texto: La plenitud de la ley es el amor, es lo mismo que dijo en el otro: El fin del precepto es el amor. No puede dudarse en modo alguno de que el hombre en el que habita el amor sea templo de Dios, pues dice también Juan: Dios es amor.  

El amor por el que amamos a Dios y al prójimo posee con seguridad toda la magnitud y latitud de las palabras divinas. El único maestro, el celestial, nos enseña y dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos pende toda la ley y los profetas. Si, pues, no dispones de tiempo para escudriñar todas las páginas santas, para quitar todos los velos a sus palabras y penetrar en todos los secretos de las Escrituras, aferra el amor, del que pende todo; así mantendrás lo que allí aprendiste e incluso lo que aún no has aprendido. En efecto, si conoces el amor, conoces algo de lo que pende también lo que tal vez no conoces; en lo que comprendes de las Escrituras se descubre evidente el amor, en lo que no entiendes se oculta. Quien tiene el amor en sus costumbres, posee, pues, tanto lo que está a la vista como lo que está oculto en la palabra divina.

Perseguid el amor

Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vínculo de las mentes, sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor otorga resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; segurísimo en la tentación, amplísimo en la hospitalidad; sumamente alegre entre los verdaderos hermanos, sumamente paciente entre los falsos.

¿Qué hay más fuerte que él, no para devolver las injurias, sino para hacer caso omiso de ellas? ¿Qué hay más fiel que él, no al servicio de la vanidad, sino de la eternidad? En efecto, tolera todo en la vida presente, porque cree todo lo referente a la vida futura, y sufre todo lo que aquí le sobreviene, porque espera todo lo que allí se le promete; con razón nunca desfallece. Así, pues, perseguid el amor y, pensando devotamente en él, aportad frutos de justicia. Y cualquier alabanza que vosotros hayáis encontrado más exuberante de lo que yo haya podido decir, muéstrese en vuestras costumbres. Conviene que el sermón de un anciano no sólo sea sustancioso, sino también breve.

Sermón 350

 

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