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Evangelio del VI Domingo del Tiempo ordinario, según San Agustín: ``Una vez que se ha llegado al fin, se detiene uno, descansa y se alcanza el triunfo de la paz asegurada`` (Lc 6, 17.20-26)

San Agustín al comentar el Evangelio de este domingo, recuerda que las bienaventuranzas son el camino para llegar a Dios, para que cambiemos nuestro corazón y descubramos que todo es para nuestra salvación, para que andemos hacia la patria eterna, el triunfo de la paz definitiva.

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Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Ellos son los humildes que se encuentran en el valle, los temblorosos que ofrecen en sacrificio a Dios su corazón contrito y humillado; de ahí ascienden hasta la piedad para no resistir a su voluntad, ni la expresada en su palabra.

El Evangelio del VI Domingo del Tiempo ordinario, recuerda que las Bienaventuranzas son el camino para llegar a Dios.

Dichosos, pues, los mansos, porque ellos poseerán la tierra como herencia; no la tierra de los que mueren, sino aquella de la que se dijo: Tú eres mi esperanza, mi porción en la tierra de los vivos. A partir de esta piedad merecen el grado de la ciencia para que conozcan no sólo el mal de sus propios pecados pasados, por los que ya lloraron con dolor en el primer grado de la penitencia, sino también el mal en que se encuentran, el mal de esta mortalidad y de esta peregrinación lejos del Señor, aun cuando sonría la felicidad temporal.

Dichosos, pues, los que lloran, porque ellos serán consolados. De éste ascienden al grado de la fortaleza, para que el mundo esté crucificado para ellos, y ellos para el mundo, de forma que la caridad no se enfríe en la perversidad de esta vida y por la abundancia de la iniquidad, antes bien se tolere el hambre y la sed de justicia hasta que llegue el momento de saciarlas en aquella inmortalidad de los santos y compañía de los ángeles. Dichosos, pues, los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Mas, en atención al desasosiego que causan las tentaciones y a lo que se dijo: ¡Ay del mundo por los escándalos!, si tal vez se deslizan poco a poco y furtivamente algunos delitos que se apoderan de la fragilidad humana, no debe faltar el consejo. 

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Una vez que se ha llegado al fin, se detiene uno, descansa y se alcanza el triunfo de la paz asegurada. ¿Y cuál es el fin sino Cristo Dios? El fin de la ley es Cristo para la justificación de todo creyente.

Sermón 347, 2.

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