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Evangelio del XIII Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín

En el evangelio de este domingo vemos como Jesús al entrar en una aldea va hablando a varias personas y a cada una la trata de forma diferente. El Señor mira el corazón de cada uno y le propone cosas diferentes, de acuerdo a lo que podían dar.

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A unos les dice que lo dejen todo, a otros que no entierren ni a su padre muerto. Vemos las exigencias del seguimiento de Jesús, pero San Agustín nos deja otro pensamiento y es que debemos ordenar nuestro amor, nuestros afectos.

No es que no enterremos a nuestro familiar muerto, sino que, amando a nuestros padres, no antepongamos el amor a Dios a nada. Dios debe ser siempre nuestro primer amor.

En el Evangelio vemos cómo el Señor mira el corazón de cada uno y propone cosas diferentes, en función de lo que cada uno puede dar.

Escuchad lo que Dios me conceda deciros sobre este pasaje del Evangelio. Se ha leído que el Señor Jesús actuó de modo diferente al rechazar a uno que se ofreció a seguirlo; al emplazar a seguirle a otro que no se atrevía; al censurar a un tercero que daba largas. En cuanto a lo que dijo uno: Señor, te seguiré adondequiera que vayas, ¿qué hay tan disponible, tan decidido, tan presto y más apto para un bien tan excelente como es seguir al Señor a dondequiera que vaya? ¿Te extrañas hoy? ¿Qué significa el que un hombre tan dispuesto haya desagradado al Maestro bueno, nuestro Señor Jesucristo, que invita a ser discípulos suyos, a los que dar el reino de los cielos? Pero como se trataba de un maestro que preveía el futuro, entendemos, hermanos, que, si este hombre hubiera seguido a Cristo, hubiera buscado su propio interés y no el de Jesucristo.

Sígueme

 

Pero a otro que está siempre callado y que nada dice, nada promete, le dijo: Sígueme. Cuanto era el mal que veía en el otro, tanto era el bien que veía en este. Al que no quiere le dices: Sígueme. Advierte que tienes un hombre dispuesto: Te seguiré adondequiera que vayas, ¿y dices Sígueme a quien no quiere seguirte? «A este -afirma- le excluyo porque veo en él madrigueras, veo en él nidos». Pero ¿por qué molestas a este que invitas y se excusa? Mira que le obligas y no viene, le exhortas y no te sigue. Pues ¿qué dice? Iré primero a enterrar a mi padre. Manifestaba al Señor la fe de su corazón, pero el afecto filial le llevaba a diferir el seguirlo. Pero, cuando nuestro Señor Jesucristo destina a los hombres al servicio del Evangelio, no quiere que se interponga excusa alguna amparada en un afecto carnal y temporal.

 

Este joven quería, pues, obedecer a Dios y dar sepultura a su padre. Pero hay lugares, circunstancias y cosas que tienen que ponerse al servicio de esta cosa, esta circunstancia, este lugar. Hay que honrar al padre, pero hay que obedecer a Dios; hay que amar al progenitor, pero hay que anteponer al Creador.

 

¿Quiénes son los muertos que sepultan a los muertos? ¿Puede ser enterrado un muerto por otros muertos? No solo lo amortajan, también conducen su cadáver, lo lloran, están muertos: porque carecen de fe. Nos ha enseñado lo que está escrito en el Cantar de los Cantares, al decir la Iglesia: Ordenad en mí el amor. ¿Qué significa Ordenad en mí el amor? Estableced un orden y dad a cada uno lo que se le debe. No sometáis lo que va delante a lo que va detrás. Amad a los padres, pero anteponedles a Dios.

 

Sermón 100, 1-3.

 

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