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Evangelio del XIX Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Lc 12, 32-48)

En este primer domingo de agosto, el Evangelio nos invita a no poner nuestro pensamiento en este mundo que pasa.

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Claro que hay que luchar por mejorar el mundo, por llevar el amor de Dios a los que nos rodean, pero sin perder nunca la visión de que nuestra mirada debe estar siempre centrada en lo que no pasa, en lo eterno. Tener siempre la lámpara encendida, hacer siempre el bien teniendo a Dios como nuestro centro.

Nuestro Señor Jesucristo vino a los hombres, se alejó de ellos y a ellos ha de volver. Y, sin embargo, aquí estaba cuando vino, y no se alejó cuando se retiró, y ha de volver a aquellos a quienes dijo: He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos. Luego, según la forma de siervo que tomó por nosotros, en un determinado momento nació, y murió, y resucitó, pero ya no muere ni la muerte dominará en adelante sobre él. En cambio, según la divinidad por la que es igual al Padre, estaba en este mundo, y el mundo fue hecho por él, pero el mundo no le conoció. Sobre esto acabáis de oír la exhortación del evangelio, dirigida a hacernos precavidos con el propósito de que estemos dispuestos y preparados para los últimos acontecimientos de la historia. De forma que, a esos últimos acontecimientos que hay que temer en este mundo, siga el descanso que no tiene fin.

En este primer domingo de agosto, el Evangelio nos invita a no poner nuestro pensamiento en este mundo que pasa.

Luzca vuestra luz

Bienaventurados los que participen de él. Entonces estarán seguros quienes ahora carecen de seguridad y, a su vez, entonces temerán quienes ahora no quieren temer. Esta espera y esta esperanza da razón de nuestro ser cristianos. ¿Acaso nuestra esperanza se refiere a este tiempo? No amemos el tiempo presente. Del amor de este mundo hemos sido llamados a esperar y amar otro mundo. En este debemos abstenernos de todos los deseos ilícitos, es decir, debemos ceñir nuestros lomos y arder y brillar en buenas obras, que equivale a tener encendidas las lámparas. Pues en otro lugar del evangelio dijo el Señor mismo a sus discípulos: Nadie enciende una lámpara y la coloca bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Y para indicar por qué lo decía, añadió estas palabras: Luzca así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Por tanto, quiso que tuviésemos ceñidos nuestros lomos y encendidas las lámparas. ¿Qué significa ceñir los lomos? Apártate del mal. ¿Qué significa lucir? ¿Qué significa tener encendidas las lámparas? Y obra el bien. ¿Y qué significa lo que añadió: Y vosotros sed semejantes a hombres que esperan a su Señor cuando regrese de las bodas, sino lo que se consigna en el salmo: Busca la paz y vete tras ella? Estas tres cosas: el abstenerse del mal, el obrar el bien y el esperar el premio eterno se mencionan en los Hechos de los Apóstoles, donde se escribe que san Pablo les enseñaba la continencia, la justicia y la esperanza de la vida eterna. A la continencia corresponde tener los lomos ceñidos; a la justicia, las lámparas encendidas; y a la expectación del Señor, la esperanza de la vida eterna. Luego, apártate del mal es la continencia, es decir, tener los lomos ceñidos. Obra el bien es la justicia, o sea, tener las lámparas encendidas. Busca la paz y vete tras ella es la expectación del mundo futuro. Por tanto, sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando regrese de las bodas.

Sermón 108, 1-2

 

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