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Evangelio del XV Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: ``Jesucristo, el Señor, quiso que le viésemos a él representado en aquel samaritano`` (Lc 10, 25-37)

En el evangelio de hoy vemos cómo un maestro de la ley quiere justificarse y le pregunta a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

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San Agustín explica que el mismo Señor quiso identificarse con el samaritano, con el que pasaba por el camino ayudando a los que están olvidados, por el egoísmo de las personas que pasan por su lado, y no ven en el que está caído en el suelo, a un hermano que hay que ayudar.

Muchas veces nos quedamos en las leyes religiosas para centrarnos en la letra de la ley y nos olvidamos de lo que Dios quiere: Amar a Dios con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos.

En el evangelio del XV domingo del tiempo ordinario, un maestro de la ley quiere justificarse y le pregunta a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

¿Quién es mi prójimo?

Aquel hombre que yacía en el camino, abandonado medio muerto por los salteadores, a quien despreciaron el sacerdote y el levita que por allí pasaron y a quien curó y auxilió un samaritano que iba también de paso, es el género humano. ¿Cómo se llegó a esta narración? A cierta persona que le preguntó cuáles eran los mandamientos más excelentes y supremos de la ley, el Señor respondió que eran dos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ella le replicó: ¿Y quién es mi prójimo? Y el Señor le narró que un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. En cierto modo ya manifestó que se trataba de un israelita. Y cayó en manos de unos salteadores. Tras haberlo despojado de todo y haberlo golpeado duramente, le abandonaron medio muerto en el camino. Pasó un sacerdote, sin duda cercano por raza al que yacía, y pasó de largo. Pasó un levita, también éste cercano por raza, e igualmente despreció al que yacía en el camino. Pasó un samaritano, lejano por raza, pero cercano por la misericordia, e hizo lo que sabéis. Jesucristo, el Señor, quiso que le viésemos a él representado en aquel samaritano.

Custodios de la vida

Samaritano, en efecto, quiere decir custodio, guardián. Por eso, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere, y la muerte ya no tiene dominio sobre él, puesto que no duerme ni dormita el guardián de Israel. Finalmente, cuando los judíos, blasfemando, lo injuriaban, le dijeron: ¿No decimos con verdad que eres samaritano y tienes un demonio? Siendo dos las palabras injuriosas lanzadas contra el Señor al decirle: ¿No decimos con verdad que eres samaritano y tienes un demonio?, podía haber respondido: “Ni soy samaritano ni tengo demonio”, pero respondió: Yo no tengo ningún demonio. 

En su respuesta hay una refutación; en su silencio, una confirmación. Negó tener un demonio quien sabía que expulsaba a los demonios; no negó ser guardián del débil. Por tanto, el Señor está cerca, porque el Señor se nos hace cercano en el prójimo.

Sermón 171, 2.

 

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