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Evangelio del XVII Domingo del Tiempo Ordinario: ``Más dispuesto está él a dar que nosotros a recibir``. (Lc 11, 1-13)

En el Evangelio de hoy vemos como para explicarnos cómo debemos orar a Dios, nuestro Padre, con confianza, sabiendo que vamos a recibir lo que pedimos en nuestra oración, nos pone el ejemplo de un amigo que nos pide algo a horas inoportunas.

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Dios siempre está dispuesto a escucharnos, aunque lo que nos va a dar es mucho más importante que lo que nosotros le pedimos, porque se va a dar él mismo. Por eso, San Agustín nos pide que sepamos dar razones de nuestra fe.

En el Evangelio del XVII Domingo del Tiempo Ordinario, vemos cómo debemos orar a Dios, nuestro Padre, con confianza.

Parábola

Hemos oído la exhortación de nuestro Señor, maestro celeste y fidelísimo consejero, que nos invita a pedir y nos da cuando pedimos. Le hemos escuchado en el evangelio exhortándonos a pedir con insistencia y a llamar hasta parecer impertinentes. Pues, a modo de ejemplo, nos propuso esta parábola: Suponed que uno de vosotros tiene un amigo al que de noche pide tres panes porque se le ha presentado en casa otro amigo que viene de viaje, y se halla sin nada que ofrecerle. Suponed que le responde que ya está descansando y con él sus criados y que, por tanto, no debe importunarle con sus ruegos.

Si, no obstante, él insiste y persevera en su llamada, y no se retira intimidado por la vergüenza, sino que, forzado por la necesidad, no le deja en paz, el otro se levantará, si no por la amistad, al menos por su importunidad, y le dará cuantos panes quiera. ¿Cuántos quiso? No más de tres.

Una invitación

A esta parábola añadió el Señor una exhortación y, sirviéndose de un ejemplo por contraste, nos impulsó de forma inequívoca a pedir, buscar y llamar hasta recibir lo que pedimos, lo que buscamos y aquello por lo que llamamos. Se trata del ejemplo de un juez que ni temía a Dios ni sentía respeto alguno por los hombres y, sin embargo, ante la insistencia cotidiana de cierta viuda, vencido por el hastío, le dio rezongando lo que no pudo otorgar como favor.

Ahora bien, nuestro Señor Jesucristo, que con nosotros pide y con el Padre da, ciertamente no nos exhortaría tanto a pedir si no quisiera dar. Avergüéncese la desidia humana: más dispuesto está él a dar que nosotros a recibir; más ganas tiene él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias. Y quede bien claro: si no se nos libera de ellas, permaneceremos siendo miserables. Pues el que nos exhorta, lo hace pensando en nuestro bien.

Estemos vigilantes y demos fe a quien nos exhorta; cumplamos con quien promete y alegrémonos con quien nos da. Quizá también a nosotros se nos ha presentado un amigo que venía de viaje y no hallamos qué ofrecerle; padecimos necesidad y recibimos para nosotros y para él. En efecto, es imposible que uno no haya tenido que soportar a un amigo que le pregunta algo a lo cual no puede responder. Cuando se vio en la necesidad de dar, entonces descubrió su carencia.

Tal vez se presente un amigo tuyo fatigado de recorrer un camino difícil, es decir, de una vida malvada. Ese amigo no ha hallado la verdad cuya escucha y acogida le haga feliz, sino que, extenuado en medio de toda concupiscencia y carestía del mundo, se llega a ti en cuanto cristiano y te dice: «Dame razones; hazme cristiano». Y quizá te pregunta lo que, debido a la simplicidad de tu fe, ignoras; y no tienes con qué reparar las fuerzas del hambriento y, apercibido por él, descubres tu indigencia. Y por ello, al querer enseñar te ves obligado a aprender, y la confusión en que te pone quien no encontró en ti lo que buscaba, te fuerza a buscar para merecer encontrar.

Sermón 105, 1-2.

 

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