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Evangelio del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: Condiciones para ser discípulo de Jesús (Lc 14, 25-33)

En el Evangelio de este domingo oímos de la boca de Jesús cuáles son las condiciones necesarias para ser discípulo suyo. La primera y principal es renunciar a todos los bienes, comenzando por la familia y siguiendo por uno mismo.

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San Agustín confirma lo dicho en el evangelio que, en la renuncia a todas las posesiones para seguir a Jesús, se incluyen el posponer (él habla de odiar) al padre, madre, esposa, hijos, hermanos, hermanas y aun la propia alma. Para el santo, estas son las posesiones que casi siempre dificultan obtener, no las propiedades temporales y transitorias, sino las cosas comunes que han de permanecer para siempre.

En el Evangelio de este domingo oímos de la boca de Jesús cuáles son las condiciones necesarias para ser discípulo suyo.

La familia

Según el obispo de Hipona, por el hecho de que una mujer sea tu madre, no puede serlo también mía: eso es temporal y transitorio. En cambio, en cuanto es hermana de Cristo, lo es para ti y para mí y para todos aquellos a quienes se promete, en la misma sociedad cristiana, una herencia celeste: a Dios por Padre y a Cristo por hermano. Esto es eterno y no perece con el paso del tiempo.

Los lazos que te unen a tu madre en la familia carnal deben darte derecho a hablar con mayor familiaridad y a conferenciar con ella a puerta abierta, indica Agustín, para que mate dentro de ti ese amor privado, no sea que estime más el haberte llevado en sus entrañas que el haber sido engendrada contigo en las entrañas de la Iglesia.

Y lo que digo de la madre, concluye el santo, hay que aplicarlo al resto de la parentela, porque todo ello es un afecto carnal, eco del hombre viejo. Se nos exhorta en la milicia cristiana a que demos muerte a ese hombre carnal en nosotros y en los nuestros con una palabra saludable.

Uno mismo

Perder el alma, a uno mismo, no significa para el obispo de Hipona, que hayamos de matarnos, lo que sería un crimen inexpiable. Significa que hemos de matar en nosotros el afecto carnal del alma, por el que esta vida presente nos deleita con detrimento de la futura. Es necesario matarla piadosamente y con confianza, con la espada espiritual de la palabra de Dios.

En la propia alma todos hemos de pensar en odiar el afecto privado, que es sin duda temporal, dando vida al mismo tiempo a ese afecto por el que somos hermanos y reconocemos a Dios y a la Iglesia por padres eternos. De esta manera se cumplirá lo que dicen los Hechos de los Apóstoles: Tenían un alma sola y un solo corazón hacia Dios (4,32).

Así, señala Agustín, tu alma no es propia, sino de todos tus hermanos; y las almas de ellos son tuyas; o, mejor dicho, las almas de ellos y la tuya no son almas, sino la única alma de Cristo (Carta 243, 1-7).

 

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