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Evangelio del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: Si la fe flaquea, la oración desaparece (Lc 18, 1-8)

El ejemplo que pone Jesús del juez injusto que escucha a la viuda que le importunaba, lo usa San Agustín para explicarnos la importancia de la oración, pero, sobre todo, la importancia de la perseverancia en la oración.

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La oración necesita de la fe, pero la fe no se sostiene sin oración. Ambas se necesitan, van unidas, para que crezca una, es necesario cuidar la otra. Por eso, San Agustín nos previene que, si flaquea nuestra fe, desaparecerá nuestra oración y también podemos decir lo contrario, si no oramos constantemente, se va a ir enfriando nuestra fe.

El Evangelio del domingo, lo usa San Agustín para hablar de la importancia de la perseverancia en la oración.

Orar siempre

La lectura del Santo Evangelio nos impulsa a orar y a creer y a no presumir de nosotros, sino del Señor. ¿Qué mejor exhortación a la oración que el que se nos haya propuesto esta parábola sobre el juez inicuo? En efecto, un juez inicuo, que ni temía a Dios, ni respetaba a los hombres, vencido por el hastío, no movido por amor a la persona, escuchó a una viuda que le importunaba. Si, pues, escuchó quien no soportaba que se le suplicase, ¿cómo escucha quien nos exhorta a rogar? Una vez que, mediante esta comparación como argumento por contraste, el Señor nos ha persuadido de que es preciso orar siempre y no desfallecer, añadió lo siguiente: Sin embargo, ¿crees que, cuando venga el Hijo del hombre, encontrará fe en la tierra? Si la fe flaquea, la oración desaparece. Pues ¿quién suplica algo en lo que no cree? Por esto, el bienaventurado Apóstol, exhortando a orar, dice: Todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo. Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añadió: ¿Cómo van a invocar a aquel en quien no han creído? Creamos, pues, para poder orar.

La oración que fluye de la fe

Y para que no decaiga la fe mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye obtiene firmeza para la misma fe. De la fe -repito- fluye la oración; y la oración que fluye obtiene firmeza para la misma fe. Precisamente para que la fe no decayera en medio de las tentaciones, dijo el Señor: Vigilad y orad para no caer en tentación. Vigilad -dice- y orad para no caer en tentación. ¿Qué es caer en tentación sino salirse de la fe? En tanto avanza la tentación en cuanto decae la fe y en tanto decae la tentación en cuanto avanza la fe. Mas para que Vuestra Caridad vea más claramente que el Señor dijo: Vigilad y orad para no caer en tentación, refiriéndose a la fe, con vistas a que no decayese ni desapareciese, dice el Señor en el mismo pasaje del Evangelio: Esta noche ha pedido Satanás cribaros como trigo; yo he rogado por ti, Pedro, para que tu fe no decaiga. ¿Ruega quien defiende, y no ruega quien se halla en peligro? Las palabras del Señor: ¿Creéis que cuando venga el Hijo del hombre encontrará fe en la tierra? se refieren a la fe perfecta. Esta apenas se encuentra en la tierra. Ved que la Iglesia de Dios está llena de gente; si no existiese fe ninguna, ¿quién se acercaría a ella? ¿Quién no trasladaría los montes si la fe fuese plena?

Fijaos en los apóstoles mismos: no hubiesen seguido al Señor, tras haber abandonado todo y pisoteado toda esperanza humana, si no hubiesen poseído una gran fe. Por otra parte, si hubiesen tenido una fe plena, no le habrían dicho: Auméntanos la fe. Piensa también en el otro que confesaba respecto de sí mismo una y otra cosa; advierte que tenía fe, pero no plena. Habiendo presentado a su hijo al Señor para que se lo sanase librándolo de un demonio malo, al ser interrogado si creía, contestó afirmando: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Creo -dice-; creo, Señor: luego existe la fe. Pero ayuda mi incredulidad: luego no es plena su fe.

(Sermón 115, 1)

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