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Evangelio del XXV Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: Hay que dar a los necesitados, puesto que en ellos es Cristo quien recibe (Lc 16, 1-13)

Hoy Jesús nos pone una parábola complicada, porque parece que alaba al injusto, al ladrón, al mal administrador.

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Hoy Jesús nos pone una parábola complicada, parece que alaba al injusto, al ladrón, al mal administrador. Pero San Agustín nos explica que, si el administrador ha sido sagaz con el dinero, éste debe usarse para hacer el bien a todos, incluso a los enemigos y desconocidos. Si damos limosna al prójimo, es al mismo Cristo al que le damos le damos la limosna.

Así que, usemos el dinero, que es necesario en nuestro mundo, para no dejemos que él sea el centro de nuestras vidas, y usémoslo para ayudar a los hermanos.

Parábola

¿Por qué propuso Jesucristo el Señor esta parábola? No le agradó aquel siervo fraudulento; defraudó a su amo y sustrajo cosas, y no de las suyas. Además, le hurtó a escondidas, le causó daños para prepararse un lugar de descanso y tranquilidad para cuando tuviera que abandonar la administración. ¿Por qué propuso el Señor esta parábola? No por el hecho de que el siervo aquel hubiera cometido un fraude, sino porque fue previsor para el futuro, para que se avergüence el cristiano que carece de determinación al ver alabado hasta el ingenio de un fraudulento. En efecto, así continuó: Ved que los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz. Cometen fraudes mirando por su futuro. ¿Pensando en qué vida tomó precauciones aquel mayordomo? A esta vida de la que tendría que salir cuando se lo mandasen. Él se preocupó por la vida que tiene un fin, y ¿no te preocupas tú por la eterna? No améis, pues, el fraude, sino lo que el Señor dice: Haceos amigos; haceos amigos con el dinero inicuo para que, cuando comencéis a sentir necesidad, también ellos os reciban en los tabernáculos eternos.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos pone una parábola complicada, porque parece que alaba al injusto, al ladrón, al mal administrador.

Dar limosna

De estas palabras es fácil deducir que hay que hacer limosnas, que hay que dar a los necesitados, puesto que en ellos es Cristo quien recibe. El mismo dijo: Cuando lo hicisteis con uno de estos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis. En otro lugar dijo también: Quien dé a uno de mis discípulos un vaso de agua fría solo por ser discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa. Comprendemos que hay que dar limosnas, y no hay que perder mucho tiempo en elegir a quién se damos, puesto que no podemos escrutar los corazones. Si das a todos, entonces llegarás a los pocos que son dignos de ellas. Eres hospitalario; ofreces tu casa a los forasteros; admite también al que no lo merece, para no excluir al que lo merece. No puedes juzgar ni examinar los corazones. Aunque hasta en el caso que pudieras decir: «Es malo, no es bueno», yo añado: más todavía, es tu enemigo. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer. Si hay que hacer el bien hasta al enemigo, ¡cuánto más al desconocido, que, aunque sea malo, no es, sin embargo, tu enemigo! Entendemos esto, es decir, que quienes así obran se adquieren amigos para que los reciban en los tabernáculos eternos una vez que sean expulsados de esta administración. En efecto, todos somos mayordomos; a todos se nos ha confiado en esta vida una tarea de la que tenemos que rendir cuentas al gran padre de familia.

Sermón 359 A, 10-11

 

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