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Evangelio del XXX Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: Pero el Señor le miraba desde cerca (Lc 18, 9-14)

Uno de los peligros de la oración es que nos escuchemos a nosotros mismos y no a Dios, que nos creamos tan importantes, que no escuchemos lo que Dios nos dice, que estemos tan llenos de nosotros y de nuestros orgullos o intereses, que no queramos escuchar, con humildad, lo que Dios nos pide.

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Por eso, Jesús pone hoy el ejemplo del fariseo y del publicano, del que se consideraba bueno, honesto, honrado y santo ante Dios, y el que se reconoce pequeño, pecador y no se considera digno de presentarse ante Dios. Pero el Señor mira desde cerca al que se cree que estaba lejos de él, porque Dios mira siempre a nuestro interior, y no a nuestra soberbia.

Rogar a Dios

Mas, dado que la fe no es propia de los orgullosos, sino de los humildes, a algunos que se creían justos y despreciaban a los demás, les propuso esta parábola: Subieron al templo a orar dos hombres; uno era fariseo, el otro publicano. El fariseo decía: Te doy gracias, ¡oh Dios!, porque no soy como los demás hombres. ¡Si al menos hubiese dicho “como muchos hombres”! ¿Qué significa como los demás hombres, sino todos, a excepción de él? “Yo -dice- soy justo; los demás, pecadores”. No soy como los demás hombres, que son injustos, ladrones, adúlteros. La cercana presencia del publicano te fue ocasión de mayor hinchazón. Como ese publicano -dice-. “Yo -dice- soy único; ese es de los demás”. No soy -dice- como ese, debido a mis acciones justas, gracias a las cuales no soy malvado”.

El Evangelio de este domingo habla del error que supone escucharnos solo a nosotros mismos, en lugar de escuchar a Dios, cuando rezamos.

Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de cuanto poseo. ¿Qué pidió a Dios? Examina sus palabras y encontrarás que nada. Subió a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo. Poco es no rogar a Dios, y alabarse a sí mismo; más aún, subió a insultar al que rogaba. El publicano, en cambio, se mantenía de pie a lo lejos, y, sin embargo, se acercaba a Dios. Lo mantenía lejos el conocimiento de su corazón, lo acercaba su amor filial. 

El que se exalta, será humillado

El publicano, en cambio, se mantenía de pie a lo lejos, pero el Señor le miraba desde cerca. Pues el Señor es excelso y dirige su mirada a las cosas humildes. A su vez, a los que se exaltan, como el fariseo, los conoce desde lejos. Lo elevado lo conoce de lejos, pero no lo perdona. Escucha todavía la humildad del publicano. ¿Es poco decir que se mantenía de pie a lo lejos? Ni siquiera alzaba sus ojos al cielo. Para ser mirado rehuía mirar él. No se atrevía a levantar la vista hacia arriba; le oprimía la conciencia, lo levantaba la esperanza. Escucha aún más: Golpeaba su pecho. Él reclamaba a sí mismo los castigos. Por eso el Señor perdonaba al que confesaba su pecado: Golpeaba su pecho diciendo: Señor, seme propicio a mí que soy un pecador. Mira quién ruega. ¿De qué te extrañas de que Dios perdone cuando el pecador se reconoce como tal? Has oído el pleito entre el fariseo y el publicano; escucha la sentencia. Has escuchado al acusador orgulloso y al reo humilde; escucha ahora al juez: En verdad os digo. Dice la Verdad, dice Dios, dice el Juez: En verdad os digo que el publicano descendió del templo justificado y no el fariseo. Dinos, Señor, la causa. Veo que el publicano desciende del templo justificado y el fariseo no; pregunto por qué. ¿Preguntas por qué? Escúchalo: Porque todo el que se exalta será humillado, y todo el que se humilla será exaltado. Has escuchado la sentencia. Guárdate de que tu causa sea mala. Digo otra cosa: Has escuchado la sentencia, guárdate del orgullo.

(Sermón 115, 2)

 

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