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Evangelio del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: Llama también tú a Jesús, no te creas sano (Lc 19, 1-10)

En este Evangelio vemos un encuentro de Jesús, en el que Jesús se acerca a una persona que, para los judíos consideraban pecadora: jefe de publicano y rico.

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Pero él quería ver a Jesús, en su corazón anhelaba ver a aquel de quien había oído tanto, era humilde y buscaba a Dios. Por eso, Jesús lo pone de ejemplo, y se encuentra con él. Zaqueo que quería verlo, se encuentra con la dicha de tenerlo en su casa. Las ganas de verle, Jesús las premia, acercándose a él.

Por eso, Jesús es ese médico que se acerca a los enfermos, a los que, con esperanza, buscan su salvación. Desde el árbol de la cruz, Jesús nos salvó para que nosotros, con humildad, sepamos abrirnos a su gracia y amor.

En este Evangelio vemos un encuentro de Jesús, con una persona que, para los judíos consideraban pecadora: jefe de publicano y rico.

Ver a Jesús

Pero vas a decir: “Si tengo que ser como Zaqueo, no podré ver a Jesús a causa de la muchedumbre”. No te entristezcas, sube al árbol del que Jesús estuvo colgado por ti y lo verás. Pon ahora los ojos en mi Zaqueo, mírale -te suplico- queriendo ver a Jesús en medio de la muchedumbre sin conseguirlo. Él era humilde, mientras que la turba era soberbia; y la misma turba, como suele ser frecuente, se convertía para sí misma en impedimento para ver bien al Señor. Se levantó sobre la muchedumbre y vio a Jesús sin que ella se lo impidiese. En efecto, a los humildes, a los que siguen el camino de la humildad, a los que dejan en manos de Dios las injurias recibidas y no piden venganza para sus enemigos, a ésos los insulta la turba y les dice: «¡Inútil, que eres incapaz de vengarte!». La turba te impide ver a Jesús; la turba, que se gloría y exulta de gozo cuando ha podido vengarse, impide la visión de quien, pendiente de un madero, dijo: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. 

Las personas humildes

Por eso Zaqueo, que quería verle, simbolizando a las personas humildes, no pone su mirada en la turba, que es impedimento, sino que sube a un sicómoro, como al árbol de fruto necio. Pues nosotros -dice el Apóstol- predicamos a Cristo crucificado, escándalo ciertamente para los judíos y -contempla el sicómoro- necedad, en cambio, para los gentiles. Finalmente, los sabios de este mundo nos insultan a propósito de la cruz de Cristo y dicen: “¿Qué clase de corazón tenéis quienes adoráis a un Dios crucificado?” «¿Qué clase de corazón tenemos?». Ciertamente, no el vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro. Pero decís que nuestro corazón es necio. Decid lo que queráis; nosotros subamos al sicómoro y veamos a Jesús.

Así, pues, el Señor, que ya había recibido a Zaqueo en su corazón, se dignó ser recibido en casa de él, y le dijo: Zaqueo, apresúrate a bajar, pues conviene que yo me quede en tu casa. Él consideraba un gran favor ver a Cristo. Quien tenía por grande e inefable favor verle pasar, mereció inmediatamente tenerle en casa. Se infunde la gracia, actúa la fe por medio del amor, se recibe en casa a Cristo, que habitaba ya en el corazón.

Por tanto, como se trataba de Zaqueo, el jefe de los publícanos y gran pecador, aquella turba, que se creía sana y le impedía ver a Jesús, se llenó de admiración y encontró reprochable el que Jesús entrase en casa de un pecador, que equivale a reprochar al médico el que entrase en casa del enfermo. Puesto que Zaqueo se convirtió en objeto de burla en cuanto pecador y se mofaban de él, ya sano, los enfermos, respondió el Señor a esos burlones: Hoy ha llegado la salvación a esta casa. He aquí el motivo de mi entrada: Hoy ha llegado la salvación. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa. ¿Por qué te extrañas, entonces, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano. El enfermo que recibe al médico es un enfermo con esperanza.

(Sermón 174, 3.5-6)

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