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Evangelio del XXXIII domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín: La fe no desfallece, porque la sostiene la esperanza (Lc 21, 5-19)

El Evangelio de este domingo plantea las realidades últimas, que muchas veces el mundo no quiere abordar, como por ejemplo qué pasará después de nuestra muerte.

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Pero no tenemos que tener miedo, Jesús nos invita a la esperanza, y San Agustín nos anima a que unamos a la esperanza, la fe y la caridad. Estas tres virtudes son el centro de la vida cristiana. Trabajemos, pues siempre, en este mundo sin olvidarnos que el pleno cumpliendo de las promesas de Dios, las tendremos en el cielo.

Fe, esperanza y amor

Mientras nos hallamos en este mundo, no nos perjudicará caminar aquí abajo si procuramos tener el corazón en alto. Caminamos abajo mientras caminamos en esta carne. Al fijar nuestra esperanza en lo alto, hemos como clavado el ancla en lugar sólido, para resistir cualquier clase de olas de este mundo; no por nosotros mismos, sino por aquel en quien está clavada nuestra ancla, nuestra esperanza, puesto que quien nos dio la esperanza no nos engañará y a cambio de la esperanza nos dará la realidad.

Así, pues, tres cosas son las que principalmente nos encarece el Apóstol que construyamos en el hombre interior: la fe, la esperanza y el amor; y, tras haber encomiado las tres virtudes, dice para concluir: La mayor de todas es el amor. Perseguid el amor. ¿Qué es, pues, la fe? ¿Qué la esperanza? ¿Qué el amor? ¿Y por qué es mayor el amor?

Hoy el Evangelio habla de algo que muchas veces el mundo de hoy no quiere pensar: qué pasará después de nuestra muerte.

Según la define cierto texto de las Escrituras, la fe es el fundamento de lo que se espera, la garantía de lo que no se ve. Quien espera algo aún no posee lo que espera, pero mediante la fe se hace semejante a quien lo posee. La fe es -dice- el fundamento de lo que se espera; aún no es la realidad misma que poseeremos, pero la fe está en lugar de ella. No se puede decir que no tiene nada quien tiene la fe o que está vacío quien se encuentra lleno de fe. Por eso es grande la recompensa de la fe: porque, aunque no ve, cree. Pues si viera, ¿qué recompensa sería?

Cree

Por esa razón, cuando el Señor resucitó de entre los muertos y se manifestó a sus discípulos, no solo hasta ser visto, sino hasta ser tocado con las manos, y convenció a los sentidos humanos de que él, el que poco antes colgaba del madero, era quien había resucitado, tras vivir con ellos durante algunos días, los que le parecieron suficientes para afianzar el Evangelio y asegurar la fe en la resurrección, subió a los cielos para que no le vieran, sino que le poseyeran por la fe. Si permaneciese siempre aquí, visible a estos ojos, la fe no merecería elogio alguno. Ahora, en cambio, se dice a un hombre: “Cree”. Pero él quiere ver. Se le replica: “Cree de momento, para poder ver alguna vez. La fe es el mérito; la visión, el premio”.

El amor

La fe no desfallece, porque la sostiene la esperanza. Elimina la esperanza, y desfallece la fe. Si, por el contrario, a la fe y a la esperanza les quitas el amor, ¿de qué aprovecha creer, de qué sirve esperar, si no hay amor? Mejor dicho, tampoco puede esperar lo que no ama. El amor enciende la esperanza, y la esperanza brilla gracias al amor. Pero ¿qué fe habrá que elogiar cuando lleguemos a la posesión de aquellas cosas que hemos esperado creyendo en ellas sin haberlas visto? Porque la fe es la garantía de lo que no se ve. Cuando veamos, ya no se hablará de fe, pues verás, no creerás.

Lo mismo sucederá con la esperanza. Cuando se haga presente la realidad, ya no la esperarás. Pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? ¡Ved que cuando hayamos llegado, dejará de existir la fe y la esperanza! Y ¿qué pasará con el amor? La fe aboca a la visión; la esperanza, a la realidad. Allí existirá ya la visión y la realidad, no la fe y la esperanza. Y el amor, ¿qué? ¿Acaso puede desaparecer también él? Si ya se inflamaba ante lo que no se veía, cuando lo vea, sin duda, se inflamará más. Con razón, pues, se dijo: Pero el amor es la mayor de todas, porque a la fe le sucede la visión; a la esperanza, la realidad; pero al amor nada le sigue: el amor crece, el amor aumenta, y alcanza su perfección mediante la contemplación.

(Sermón 359/A, 1.3-4)

 

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