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IV Domingo de Adviento: Fue obra divina en el niño, no obra humana del niño (Lucas 1, 39-45)

En este domingo, el evangelio relata la visita de la Virgen María a Isabel. Y cómo, ante el saludo de María, la criatura que llevaba Isabel en el vientre, salta de gozo.

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Vemos como san Juan reconoce ya a su salvador desde el mismo vientre materno. Es una obra de la gracia de Dios en san Juan. Podemos reconocer esta obra como una manifestación de Dios, como una presencia milagrosa de lo que llegaría a ser San Juan.

San Agustín quiere resaltar esta acción como un hecho maravilloso, milagroso, único, en el que el precursor anuncia con su alegría la llegada del Salvador del mundo.

Las palabras de Isabel, madre de Juan, son sin duda éstas: Bendita tú entre las mujeres y bienaventurado el fruto de tu vientre. Y ¿de dónde a mí que venga la madre de mi Señor a mí? He aquí que al sonar la voz de tu salutación en mis oídos exultó de gozo el niño en mis entrañas.

El evangelista advierte que para decir eso fue llena del Espíritu Santo. Sin duda por su revelación conoció lo que significaba la exultación del niño, esto es: que había venido la madre de aquel cuyo precursor y heraldo había de ser.

Pudo, pues, darse esa significación de un prodigio tan nuevo para que lo conocieran los mayores, pero sin que lo conociera el niño.

El evangelio del domingo 19 de diciembre, cuarto domingo de Adviento, relata la visita de la Virgen María a su prima Isabel.

Cuando el Evangelio lo narra, no dice “creyó”, sino exultó el niño en sus entrañas. Tampoco dijo Isabel: “Exultó en la fe el niño en mis entrañas”, sino: Exultó en gozo. Tal exultación la vemos no tan sólo en los niños, sino también en los animales, aunque no proviene de la fe, de la religión o de cualquiera otro conocimiento racional. Esta exultación fue inusitada y nueva, porque se realizó en las entrañas y a la llegada de aquella que había de dar a luz al Salvador de los hombres. Por eso fue maravillosa y digna de ser contada entre los grandes milagros. Por lo tanto, esa exultación, o diríamos resalutación ofrecida a la madre del Señor, como suele acaecer en los milagros, fue obra divina en el niño, no obra humana del niño.

Supongamos que en aquel niño se hubiera acelerado tanto el uso de razón y de voluntad, que dentro de las entrañas maternales pudiese ya conocer, creer, consentir, cosas que en los demás niños han de venir con la edad. Eso mismo sería un milagro del poder divino, y no puede servir de modelo para la naturaleza humana.

Carta 187, 23-24

 

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