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La Asunción de María: humanidad bienaventurada

En la figura de María encontramos el modelo de la humanidad bienaventurada, la manifestación de la grandeza a la que puede llegar la criatura humana cuando responde enteramente al amor de Dios y se deja transformar por el Espíritu.

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Si hubiera que unir de modo particular la vida de María a una de las bienaventuranzas, podríamos asociarla a los “limpios de corazón” (Mt 5, 8). La limpieza de corazón es distinta a las muchas purificaciones externas propias de los judíos. Lo que se subraya con esta bienaventuranza es la calidad interior de cada persona, los hombres y mujeres “de manos inocentes” (Sal 24, 6), “los que buscan a Dios” (Sal 24, 6). El que es limpio de corazón verá a Dios no solo en el más allá, sino también aquí, ahora, en el escenario de la vida: en la Palabra de Dios, en la comunidad, en la naturaleza, en lo pequeño, en la convivencia…

El 15 de agosto la Iglesia celebra La Asunción de María, modelo de la humanidad bienaventurada, manifestación de la grandeza humana.

La santidad verdadera es sinónimo de humildad. Sucede lo mismo con la sabiduría. Saber de verdad es aceptar la propia ignorancia. La esencia de la humildad consiste en conocer la distancia infinita que media entre Dios y sus criaturas. Para comprobar la auténtica humildad, hay que preguntarse si uno ama. La esclavitud de María va unida a su disponibilidad para que su vida sea tierra fecunda abierta a la acción del Espíritu Santo.

Hay un capítulo poco estudiado y son los últimos años de María, el tramo que va de la muerte de Jesús a la asunción de su madre. Los evangelios tratan a María con gran sobriedad, pero el hecho de no contar con fuentes bíblicas no anula la posibilidad de algunas preguntas y suposiciones razonables.

No cabe pensar que la vida de María y la de Jesús se desarrollaran sin compartir – por lo menos temporalmente – una misma casa, días de convivencia, de largas conversaciones y detalles cargados de amor. María seguiría la vida pública de su hijo un poco desde la distancia porque Jesús se mueve acompañado de los discípulos. El tramo final de la vida de Jesús, probablemente, María se aproxima a Jerusalén al recibir la noticia de los últimos acontecimientos que rodean la vida de Jesús. Familiares, amigos o alguno de los discípulos serían los transmisores de los sucesos diarios. No es lógico pensar en la impasibilidad de María. En las muchas películas que se han hecho sobre Jesús, los directores – cuando Jesús camina hacia el Gólgota cargado con la cruz –, colocan a María apostada en las esquinas con otras personas para observar el paso de su hijo. Después, en el momento de la crucifixión, Juan describe la escena con detalle: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre; la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25–26).

Podemos imaginar la vida de María después de la muerte de Jesús. ¿Cuántos años viviría? Eusebio de Cesarea – entre el siglo tercero y cuarto –, historiador y obispo, y Dionisio el Cartujano – siglo XV – afirman que María viviría unos sesenta años. Otros autores alargan un poco más su biografía. Una edad longeva para aquel tiempo. La vejez comienza cuando uno se siente cansado, fatigado por todo lo vivido. En la historia de María no se puede ignorar la huella de la pasión de Jesús y, presumiblemente, los pasos iniciales de la Iglesia en medio de las primeras persecuciones. Le mantienen en pie su fe y su firme esperanza. La esperanza es esa fuerza secreta que fortalece nuestra voluntad de vivir. Murió feliz por haber cumplido la misión que Dios le había confiado.

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