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Mi reino no es de este mundo (Juan 18, 33b-37)

En este domingo de Cristo Rey, San Agustín nos ilumina cómo debemos entender la realeza de Jesús. Según él, Jesús es un rey para este mundo, un reino que ilumina lo que debemos vivir en esta tierra, pero que no es de aquí. Empieza en nosotros, pero es más grande que nosotros. Por eso afirma que no es de aquí, pero está aquí, para que comiencen a manifestarse las obras de Dios.

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“Escuchad, pues, judíos y gentiles; escuchad, todos los reinos terrenos: «No impido vuestra soberanía en este mundo; mi reino no es de este mundo». No temáis con el temor por entero infundado con que se espantó Herodes el Grande, cuando se notificó que Cristo había nacido, y para que a éste llegase la muerte asesinó a tantos bebés, muy cruel temiendo más que airándose. Mi reino no es de este mundo, afirma. ¿Qué más queréis? Venid al reino que no es de este mundo; venid creyendo y no os ensañéis temiendo. Por cierto, en profecía dice acerca de Dios Padre: Por mi parte, yo fui constituido rey sobre Sión, su monte santo. Pero esa Sión y ese monte no es de este mundo.

En efecto, ¿cuál es su reino sino los que creen en él, a quienes, aunque quería que estuviesen en el mundo, por lo cual dijo acerca de ellos al Padre: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal», dice: No sois del mundo, como tampoco yo soy del mundo? Por ende, aquí tampoco afirma «Mi reino no está en este mundo», sino: No es de este mundo. Y tras probar esto al decir: «Si mi reino fuese de este mundo, mis agentes lucharían, evidentemente, para no ser yo entregado a los judíos», no afirma: «Ahora en cambio, mi reino no está aquí», sino: No es de aquí.

El 21 de noviembre la Iglesia celebra Cristo Rey. Este día, las lecturas recuerdan que el reino de Jesús, no es de este mundo.

Aquí, en efecto, está hasta «el final del mundo» su reino, el cual tiene en medio de sí mezclada hasta la siega la cizaña, pues la siega es el final del mundo, cuando vendrán los segadores, esto es, los ángeles y recogerán de su reino todos los escándalos; lo cual, evidentemente, no sucedería si su reino no estuviese aquí. Pero en todo caso no es de aquí porque está exiliado en el mundo; en efecto, dice a su reino: No sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo. Eran, pues, del mundo cuando no eran su reino, sino que pertenecían al jefe del mundo. Del mundo es, pues, cualquier cosa de los hombres que, creada ciertamente por el verdadero Dios, ha sido engendrada del estropeado y reprobado linaje de Adán; en cambio, reino no ya del mundo ha sido hecha cualquier cosa que, venida de ahí, ha sido regenerada en Cristo. Así, en efecto, nos arrancó de la potestad de las tinieblas Dios y nos trasladó al reino del Hijo de su caridad; reino del que dice: Mi reino no es de este mundo, o mi reino no es de aquí.

Así pues, le dijo Pilato: «¿Luego tú eres rey?». Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. No es que temió confesarse rey; sino que «tú dices» está tan equilibrado que ni él niega ser rey, pues es rey cuyo reino no es de este mundo, ni confiesa ser rey tal que se suponga que su reino es de este mundo. Sin duda, tal lo consideraba quien había dicho: «¿Luego tú eres rey?», al cual se respondió: Tú dices que yo soy rey. En efecto, está dicho: «Tú dices», como si estuviera dicho: carnal como eres, hablas carnalmente.”

Comentario al evangelio de San Juan 115, 2-3.

 

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