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``Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas`` (Mt 15, 21-28)

El relato del Evangelio comienza con la llegada de Jesús a los territorios extranjeros de Tiro y Sidón. Pero lo curioso del caso es que, en estas circunstancias, Mateo nos presenta un Jesús perfectamente judío.

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Hay mucha ironía en el diálogo de Jesús con esta mujer extranjera. Este pasaje, en el que Jesús podría aparecer como una persona dura y racista, nos da una gran lección a todos los que, como los judíos de su tiempo, piensan que por pertenecer al “Pueblo Elegido” tienen privilegios ante Dios, incluso que basta la pertenencia al “Pueblo” para alcanzar la salvación definitiva. Jesús muestra con toda claridad que lo que hace que los hombres formen parte del pueblo no es la raza, sino la fe; por eso “rechazó” aparentemente a la mujer, para después destacar su fe como ejemplo para todos: “Grande es tu fe”.

Lo importante no es simplemente el hecho de ser bautizados, sino el hecho de que la fe en Cristo, como Dios y Señor, se manifieste a los demás. Si verdaderamente nosotros creemos que Jesús es Dios y Señor, nuestra vida debe testimoniarlo.

Es posible que la fría página impresa esconda un elemento de presión, ironía o provocación por parte de las palabras de Jesús. El confrontó a la mujer cananea con el tipo de lenguaje que un gentil podría esperar de un judío y resulta altamente significativo que la fe de la mujer se elevó a la altura de la prueba.

El Evangelio del domingo 4 de agosto explica que lo que hace que las personas formen parte del pueblo de Dios no es la raza, sino la fe.

La respuesta de ella reconocía la prioridad de la misión de Jesús hacia Israel, pero reclamó una extensión de esa misión para los gentiles. Ella era consciente del incluyente plan que Dios había anunciado a Abraham en el pasado y que dicho plan salvífico alcanzaría a “todas las familias de la tierra”.  Jesús le promete que se va a cumplir lo que desea porque es muy grande su fe.

No podemos despreciar, ni juzgar a ninguno de nuestros hermanos que no profesan nuestra misma fe. La Doctrina Social de la Iglesia pide en primer lugar un trato especial hacia los que vienen de otros países, de manera que no puedan ser discriminados o inferiormente atendidos con respecto a la población estable en cuanto a los servicios de las diócesis o de las parroquias. La persona con sus derechos fundamentales está antes que la economía y que los intereses particulares de los Estados o de los bloques. Los bienes de la Tierra están al servicio de todas las personas, y por lo tanto es necesario compartirlos.  Toda persona tiene derecho a emigrar, es decir, a salir de su casa para mejorar su condición o la de su familia, pero también, y esto es fundamental, tiene derecho a no tener que emigrar por necesidad. Otro principio muy importante en la pastoral de las migraciones y en el comportamiento de la Iglesia es que en la Iglesia no hay extranjeros. La Iglesia es la casa de todos y debe estar al servicio de toda persona humana.

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