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Nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí (Marcos 12, 38-44)

El Evangelio del domingo 7 de noviembre habla del uso de las riquezas. Sobre este asunto, San Agustín señala que no se trata tanto de ver la bondad o maldad del dinero o las riquezas, sino lo que haces con ellas. Si ayudas a los demás con tus riquezas, estarás dando un buen uso de ellas. Lo más importante es mirar la generosidad del corazón, no la cantidad de lo que compartes. Veamos qué nos dice san Agustín sobre el texto del evangelio de este domingo:

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Hoy San Agustín nos está hablando del uso de las riquezas, que no está tanto en su bondad o maldad, sino en lo que haces con ellas.

“Ignoro, hermanos, si puede encontrarse alguna persona a la que hayan aprovechado las riquezas. Quizá diga alguien: “Entonces, ¿no fueron de provecho las riquezas a quien usó bien de ellas alimentando a los hambrientos, vistiendo a los desnudos, hospedando a los forasteros, liberando a los cautivos?”.

Todo el que obra así, lo hace para que no le perjudiquen sus riquezas.

¿Qué sucedería si no poseyese esas riquezas con las que hace misericordia, siendo tal que estuviese dispuesto a hacerla, si se hallase en posesión de ellas? Dios no se fija en las riquezas por abundantes que sean, sino en las voluntades llenas de amor. ¿Acaso eran ricos los apóstoles? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien abandona toda esperanza mundana, como la viuda que depositó dos céntimos en el cepillo del templo. Nadie – dijo el Señor- dio más que ella; a pesar de que muchos ofrecieron gran cantidad de dinero porque eran ricos, ninguno donó tanto como ella en ofrenda a Dios, es decir, en el cepillo del templo. Muchos ricos echaban en abundancia, y él los contemplaba, pero no porque echaban mucho. Esta mujer entró en el templo con solo dos céntimos.

¿Quién se dignó poner al menos los ojos en ella? La vio el que no mira la mano llena sino el corazón. Él se fijó en ella e hizo que otros se fijasen también; haciendo que se fijasen en ella, dijo que nadie había dado tanto como ella. En efecto, nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí.

Por ello, si tienes poco, poco darás; si tienes más, darás más. Ahora bien, ¿acaso, por dar poco al tener poco, tendrás menos, o recibirás menos porque diste menos? Si se examinan las cosas que se dan, unas son grandes, otras son pequeñas; unas copiosas, otras escasas. Pero si se exploran los corazones de quienes dan, con frecuencia hallarás en quienes dan mucho un corazón tacaño, y en quienes dan poco, un corazón generoso.

Efectivamente, te fijas en lo mucho que uno da y no en cuánto se reservó para sí ese que tanto dio, ni en cuánto en definitiva dio, ni en cuántos bienes ajenos robó quien de lo robado da algo a los pobres, como queriendo corromper con ello al juez divino.

Lo que consigues con tu donación es que no te perjudiquen tus riquezas, no que te aprovechen. Porque, incluso si fueras pobre y desde tu pobreza dieses, aunque fuera poco, se te imputaría tanto como al rico que da en abundancia, o quizá más, como a aquella mujer.

Pensemos, pues, que el reino de los cielos está en venta a precio de limosnas. Se nos ofrece la posibilidad de comprar una finca fértil y riquísima; una finca que, una vez adquirida y poseída, ni siquiera por la muerte dejaremos a quienes nos sucedan, sino que la disfrutaremos por siempre; no la abandonaremos ya y jamás emigraremos de ella. ¡Magnífica posesión que vale la pena comprar!”.

 

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