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No separe el hombre lo que Dios ha unido (Juan 2, 1-11)

En el Evangelio del segundo domingo del tiempo ordinario, vemos como Jesús va a una boda en Caná de Galilea. En esta boda observamos cómo Jesús santifica la boda y nos muestra que la unión de los esposos es una gracia de Dios.

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Todo lo que conduce a la unidad, a la paz, viene de Dios. Todo lo que separa, disgrega, aparta unos de otros, viene del diablo. Pero las personas que guardan virginidad no están solas, sino que están unidas a Cristo.

En el Evangelio del segundo domingo del tiempo ordinario, vemos como Jesús va a una boda en Caná de Galilea.

Porque el Señor vino invitado a la boda, aun dejado a un lado el significado místico, quiso confirmar que él hizo el matrimonio. En efecto, iba a haber quienes prohibirían casarse, de los que habló el Apóstol, y dirían que el matrimonio es un mal y que lo hizo el demonio, aunque el mismo Señor, preguntado si es lícito al hombre despedir a su esposa por cualquier causa, en el evangelio dice que no le es lícito, a no ser por motivo de fornicación. En esa respuesta, si recordáis, asevera esto: No separe el hombre lo que Dios ha unido. Y quienes están bien formados en la fe católica saben que Dios es el autor del matrimonio y que, como la unión viene de Dios, así el divorcio viene del diablo.

Pero en caso de fornicación es lícito despedir a la esposa, precisamente por haber sido ella, que no guardó la fidelidad conyugal al marido, la primera en no querer ser esposa. Las que prometen a Dios virginidad, aunque en la Iglesia ocupan un rango más ilustre de honor y santidad, no están sin boda, porque con toda la Iglesia tienen que ver también ellas con una boda: la boda en que el novio es Cristo.

El Señor, pues, vino invitado a la boda, precisamente para consolidar la castidad conyugal y mostrar el misterio del matrimonio, porque el novio de aquella boda, al cual se dijo «Has reservado hasta ahora el vino bueno», representaba la persona del Señor, pues Cristo reservó hasta ahora el vino bueno, esto es, su Evangelio.

(Comentario al evangelio de San Juan 9, 2)

 

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