(23 de enero de 1921-22 de octubre de 2021)

P. Eliseo Bardón Bardón, OSA

Nací el 23 de enero de 1921 en una aldea leonesa, Santibáñez de Arienza, dentro de la comarca de Omaña, limítrofe con Babia, término del que todo el mundo ha oído hablar. Mi familia era de humildes labradores y ganaderos, y en la casa, además de mis otros cuatro hermanos y mis padres, estaba un tío carnal de mi madre, sacerdote ya anciano, que falleció a los 95 años. Desde que aprendí a andar asistía a la escuela, casi pegada a la casa de mis progenitores, e iba con mi tío sacerdote a la iglesia parroquial en las muchas visitas que diariamente hacía al Señor. Había además en mi familia tres sobrinos de mi padre que eran religiosos agustinos, a quienes, alguna vez veía y admiraba, cuando en ocasiones esporádicas iban por el pueblo. Por esto, y acaso también por otras cosas, se despertó en mí el deseo de ser religioso y sacerdote. No tenía más de seis años cuando, a los postres de una fiesta que se celebraba en la localidad, un sacerdote llamado D. Manuel, párroco de Soto y Amío, cogiendo un gran racimo de uvas, se dirigió a mí y muy solemnemente me dijo: “Eliseo: si en lugar de querer ir al seminario de los agustinos, vas al seminario diocesano, te doy este racimo de uvas”. Me quedé mirando y dije: “Sí, me gustan las uvas, pero yo quiero ser fraile”. D. Manuel respetó mi decisión y me dio el hermoso racimo de uvas. Ese deseo iba creciendo a medida que pasaban los años, y con los doce cumplidos, ingresé en el Monasterio de Santiago de Uclés (Cuenca). Y ¿por qué Uclés? Porque allí estaba otro primo carnal, que había hecho el ingreso en 1927, seis años antes que yo.

Por circunstancias de la vida, parte del largo viaje tuve que hacerlo solo, concretamente desde Madrid a Uclés. Un niño pequeño, que nunca había salido de su diminuta aldea y con una timidez rayana en la cobardía, se arrojó en los brazos de la Providencia que cuidó de él con especial cariño y esmero. Y así, en una tarde del mes de septiembre de 1933, ingresaba en El Escorial de la Mancha, un grandioso y colosal edificio, del que poco a poco mi imaginación me hacía creer que las humildes casas del pueblo de donde procedía y, sobre todo, la torre de su humilde  iglesia, era tan alta como las del monasterio de Uclés, donde ahora me formaba, rezaba y crecía.

Pasé allí tres años estudiando latín y humanidades e interiorizando la formación religiosa con vistas a afianzar la vocación sacerdotal y la preparación para ingresar en el noviciado, que debía comenzar en el mes de agosto de 1936, con quince años ya cumplidos. Del mundo exterior llegaban a nuestros oídos algunas noticias esporádicas, que unas veces nos daban nuestros educadores y otras las oíamos cuando estábamos en las eras del pueblo afanados en la diversión del fútbol. Aunque éramos pequeños nos percatábamos muy bien de la situación de la patria, especialmente cuando nuestros profesores y formadores hacían hincapié pidiéndonos más oraciones y visitas al Sagrario para lograr la paz y bien de la nación.

Había llegado el caluroso verano del mes de julio de 1936. Estando un día disfrutando del recreo a la sombra del Castillo, observamos que junto a la torre estaban tres o cuatro hombres del pueblo con escopetas en sus manos. Tomamos los jóvenes la cosa un poco a broma y les dirigimos algunas palabras no del agrado de nuestro mentor, P. Emiliano López, quien nos hizo la corrección pertinente, terminando con estas palabras bien grabadas todavía en mi mente: “el día que quieran, pueden echarnos del convento”. Desde aquel momento aprendimos muy bien la lección y nos dimos cuenta de que la situación había cambiado radicalmente de rumbo. Ignorábamos que la guerra civil había comenzado el 18 de julio (1936).

 

 

 

Era ya el 24 de julio de 1936, víspera de la festividad del apóstol Santiago, titular del monasterio. Aquellos días se había organizado un triduo de adoración continua para pedir por la paz. La comunidad entera, compuesta por cerca de 120 personas, estaba presente en la monumental iglesia. Profesos y novicios cantaban las vísperas. A continuación llegó la hora de la comida. Hasta aquí todo normal. Pero una hora más tarde cambió totalmente la situación. Sería, aproximadamente, la una y media de la tarde, cuando los jóvenes aspirantes, que estábamos en los claustros y patio interior, vimos entrar en el monasterio al alcalde del pueblo, D. Pío Iniesta. Algo sospechamos que iba a pasar. Pidió una entrevista con el P. Superior, y vimos cómo bajaba nuestro querido P. José la escalera principal y ambos se pusieron a hablar; más bien, el alcalde hablaba, y el superior escuchaba. No estábamos lejos y nos dimos cuenta cómo el rostro del P. José, mudaba de aspecto, de alegre al empezar el saludo, a figura triste y callada, al terminar. La orden del Sr. Alcalde había sido que ante la proximidad de columnas anarquistas que se dirigían a Madrid, procedentes de Valencia y que algunos de ellos podrían desviarse hasta el monasterio, las vidas de los religiosos estaban expuestas a serios peligros. Así lo creyó el P. Superior y se dispuso a cumplir la orden o consejo. El P. Froilán nos ordenó a los aspirantes subir a los dormitorios, vestirnos con la ropa de fiesta y, sin recoger nada, dirigirnos a la puerta principal. Lo mismo había sucedido con los novicios, los religiosos profesos estudiantes de primero y segundo de filosofía y las demás personas de la casa.

Comenzaba así, a las dos de la tarde, el desalojo de este monasterio, que había sido morada durante 34 años de los religiosos agustinos. Todos salimos por la puerta principal en dos filas y con dirección hacia la plaza del pueblo. Tanto a la derecha como a la izquierda se apiñaba la gente de la localidad, unos curioseando, otros sonriendo y otros con lágrimas en los ojos. Entre ellos estaban más de 30 personas, que diariamente acudían, al terminar la comida, a recoger la ración que generosamente la Orden compartía con los más necesitados.  Unos defendían nuestra inocencia, y sin titubeos, así lo demostraban con palabras de aliento. Un anciano con voz temblorosa nos decía “¡Ánimo, hijos míos, que el morir por Dios no es cobardía. Benditos seáis!” Palabras proféticas las de este hombre. Varios de estos religiosos sí dieron sus vidas por Jesucristo.

Nuestra primera parada tuvo lugar en la plaza del pueblo. Muchas familias de la localidad fueron acogiendo a una o más personas, según sus propias posibilidades. Yo fui a parar a una casa de las más pudientes de Uclés, la de los señores Martínez Villalba. Su primogénito, Manolo, era poco más o menos de mi edad y estudiaba el bachillerato en Madrid. Él recogió a seis aspirantes de mi curso y nos llevó a su vivienda. Saludamos a sus padres, que se mostraron muy acogedores, y a una hija, María del Carmen. En el domicilio había otras personas que estaban a su servicio. Tenían, en una habitación, capilla particular, en la que proseguimos nuestras devociones.

El dueño nos hablaba algo de política, de cómo estaba el país, y del discurso que el Sr. Gil Robles había pronunciado en el parlamento unos días antes del asesinato de D. José Calvo Sotelo. Estaba preocupado por sus bienes y por sus cosechas que, a punto de ser recogidas, permanecían en los campos por motivo de las huelgas.

Al día siguiente, festividad del Apóstol Santiago, oímos la misa en la pequeña iglesia del pueblo. De nuevo en casa, juntamente con otros compañeros que venían a visitarnos, porque el lugar era espacioso, pasábamos las horas del día. También nos visitaban algunos Padres de la comunidad. El 26, domingo, acudimos a la iglesia para oír la santa misa. El 27, lunes, aunque no era de obligación, siguiendo con nuestra costumbre de asistir diariamente a la Eucaristía, escuché la última celebración. La siguiente tardaría dos años en llegar, y fue en la Pascua de 1938, no en tierras manchegas, sino en la montaña de León.

Hasta este momento la primera prueba podía soportarse, pero, a partir de esa jornada, da comienzo la gran tragedia. Caminando por el pueblo, nos chocaba ver a jóvenes con sus pañuelos rojos anudados al cuello y con miradas algo torvas, pero aquello no pasaba a mayores. Sin embargo, al atardecer, se presentó en la plaza un coche con la hoz y el martillo pintado de color rojo y una serie de personas, cuyas intenciones pronto empezaron a manifestarse. Bebían, blasfemaban y cantaban a voz en grito la internacional, animando al público que lo empujaba a no dejar cura vivo ni atisbo alguno de cosa religiosa. Para animar más la fiesta llegaron otros coches con grupos de milicianos y milicianas, que pidieron al alcalde las llaves del monasterio, abrieron sus puertas y lo dejaron todo al libre pillaje de una chusma que los seguía. Terminado este primer capítulo, da comienzo la caza de las personas. El dueño de la casa en la que estábamos desapareció en un santiamén, pero no sin antes dar órdenes a uno de sus criados, para que nos trasladara a los seis aspirantes que estábamos cobijados en su morada, a un caserón medio derruido cercano a la propia vivienda.

Atravesamos una calle, y entre paredes medio caídas, puertas atrancadas y con una dosis tremenda de miedo, nos acurrucamos para no ser vistos ni oídos. Era ya casi el oscurecer del día. Los gritos y voces eran constantes. No pudimos presenciar la detención de ninguno, pero el alboroto y griterío que había era serio anuncio de cosas muy graves.

Y ¿qué pasaba mientras tanto con los muchachos escondidos en la casa derruida? Cuando cesaron las voces y se alejaron los coches del pueblo, pasada ya la medianoche del día 27, el criado que nos acompañaba, nos llevó a otra casa vecina, donde pudimos dormir un poco y pasar el resto de la noche. Unas horas más tarde regresamos a la casa de acogida. Serían las 10 de la mañana del 28, y ya todo el pueblo sabía lo que había ocurrido con las personas detenidas el día anterior por la tarde. El ambiente que se respiraba era algo así como lo que sucede después de una gran tormenta.

Algunos aspirantes, que tenían familiares o conocidos en la zona republicana, fueron abandonando el pueblo. De mi caso tengo vivo recuerdo. Voy, por tanto, a relatar mi éxodo. A partir de aquella orfandad, en la que todos nos vimos envueltos, me vino a la memoria la dirección de un primo carnal de mi padre, que vivía en Madrid. Un día del año 1930, un hijo suyo que veraneaba en mi pueblo, escribió a su padre. Yo vi las señas en el sobre y en mi mente quedó un pálido recuerdo. La dirección que recordaba era ésta: D. Santiago Bardón. C/ Alferrak, 52, Madrid.  En los primeros días de agosto, el 1 ó el 3, no más tarde, decidí enviarle a ese pariente una breve exposición de mi vida. Recibí inmediata contestación para que me dirigiera a su casa. Él y su familia se sentían muy contentos en recogerme. Preparé las pocas cosas que tenía y que había recogido en el convento dos días antes porque las autoridades locales nos habían dado permiso para subir a él. Mal recuerdo me quedó de aquella visita. Jóvenes del pueblo, revestidos con albas y casullas parodiaban procesiones por los claustros. Tenía yo un diccionario de latín de Raimundo de Miguel, que un año antes me había enviado mi padre, y no queriendo cargar con tanto peso, porque en la maleta tampoco tenía sitio, se lo regalé al hijo de la familia que me había recogido.

Al carecer de dinero para hacer el viaje, me dirigí a la única persona que conocía, D. Fernando García Librero, médico del pueblo y del monasterio. Me dio dos duros en monedas de plata de la época. A la pregunta de si tenía bastante, sin saber lo que costaba el viaje, contesté que sí. Agradecí su donativo, lo mismo que la estancia a mis bienhechores, y emprendí, solo, el viaje a Madrid. No voy a contar todas las peripecias acontecidas, pero sí lo más importante. El viaje de Uclés a Tarancón lo hice en coche de línea, sin que me cobraran nada. Aquí saqué billete para el tren de Madrid. Al poner pie en él y tomar asiento, los viajeros que iban en el apartamento me preguntaron de dónde venía, quién era y a dónde iba. No me extrañaron esas preguntas, tratándose de un muchacho tímido y cobarde. Hacía tres años que no viajaba ni estaba acostumbrado a tratar con personas desconocidas. A sus preguntas contesté que era aspirante a agustino y que venía del Monasterio de Uclés. A los pocos minutos llegó un miliciano con fusil en bandolera pidiendo pases y papeles. El alcalde de Uclés, D. Pío Iniesta, me había extendido la debida autorización para viajar. Este joven me preguntó también de dónde venía y qué hacía en Uclés. Le dije la pura verdad. Me devolvió el pase indicándome, que cuando terminara su revisión, le acompañara. Elevé al cielo rezos y oraciones en mi interior, esperando, después de lo que había visto, cualquier cosa. Pasado no mucho tiempo, regresó diciéndome que le siguiera, y me a llevó a un vagón de primera. Durante el trayecto me preguntó unas cuantas cosas, a las que contesté sin titubeos, exponiéndole siempre la realidad. Recibí de él muy buen trato y noté que mis súplicas habían surgido efecto. Me trató con mucha atención y corrección, diciéndome, además, que en Madrid me acompañaría a la casa del pariente de mi padre. Naturalmente, ya sabía la dirección correcta. No era calle Alferrak, sino Ferraz. El número estaba bien. Al bajar del tren en la estación de Atocha, y estando al lado de mi ángel protector, nos encontramos con un grupo de milicianos dirigidos por el coronel Villalba, al que me presentó. Este militar le dijo que me llevara con los demás.

El miliciano me dejó en una sala, en la que debía permanecer hasta que diera cuenta a sus jefes de las incidencias del viaje. Allí me encontré con un grupo de media docena de milicianos que siguieron haciéndome nuevas preguntas. Me preguntaron qué llevaba en la maleta. Un poco de ropa – dije – mientras en mi interior seguía encomendándome a nuestra Señora, porque también había un crucifijo y un devocionario, El Camino Recto, del P. Antonio María Claret. Menos mal que no abrieron la raquítica maleta. La conversación tomó luego un signo distinto, indicándome que tenía que decir “¡Viva Rusia!” Yo no lo dudé un solo momento, porque pensaba que en decir tal cosa no había atisbo de pecado. De ahí pasaron a cosas más serias. Tenía que blasfemar. Sin titubeo alguno y con firme decisión, le contesté que no. En ese momento me sentía con valentía suficiente para seguir aferrado a mi fe, aunque tuviera que morir. Quiso insistir otra vez, pero le atajó otro miliciano, diciéndole con voz potente: “¡deja al pobre chico!” Seguro que le dio compasión del muchacho pequeño, acobardado y pobremente vestido. Solo tenía entonces quince años.

En esos momentos volvió el militar que me había acompañado en el tren y se dispuso a llevarme a la calle Ferraz. Sabiendo que no disponía de dinero, me dijo lo siguiente: “cuando en el tranvía te pidan billete, dices que vas detenido”. Así contesté al cobrador. La gente, extrañada al oír mis palabras, me preguntaban: “pero muchacho ¿vas detenido?” “Sí, por este miliciano”. Me acompañó hasta la misma puerta de la casa, de la calle Ferraz. Llamó y salió D. Santiago, a quien conocía personalmente. Me entregó a él y se despidió cortésmente de mí y de mi futuro protector. Yo le tendí la mano, y con la mirada le agradecí su ayuda por todo lo que había hecho. Siempre me consideraré deudor a aquel joven. Desde entonces me di perfectamente cuenta que en todas partes hay personas buenas, ángeles sin alas.

Esta familia regentaba una barbería. Por ella pasaba diariamente mucho personal. Me agradaba escuchar las conversaciones, que siempre giraban sobre el enfrentamiento bélico, y las pocas probabilidades que los sublevados tenían de salirse con la suya. “En el momento en que caiga una de sus capitales – decían – la guerra habrá terminado”. Dada la situación, no podían hablar de otra manera.

De vez en cuando salía por la calle. Veía iglesias quemadas, como la de los carmelitas de la plaza de España, y se percibía por todas partes un gran odio a la religión. En un día de agosto fui testigo de cómo en la C/ Marqués de Urquijo, bajaban a tres claretianos, y cómo las personas apiñadas en la acera de la calle para contemplar dicha escena, pedían a voces que los mataran allí mismo. Muchos años más tarde me enteré que aquellos tres religiosos sufrieron martirio. Muchas mañanas salía temprano a dar una vuelta por el paseo de Rosales. Todos los días aparecían cadáveres a los que les habían dado el célebre “paseo”. Alguno tenía un papelito colgado de la muñeca, en el que se podía leer: “po facista” (sic). En uno de los primeros bombardeos que los sublevados realizaron sobre Madrid, creo que en la noche del 28 de agosto, todos los vecinos del número 52 de la calle Ferraz, bajamos al sótano. Lanzaron cuatro bombas: ninguna hizo grandes daños, porque eran de escasa potencia, pero sí nos metieron el resuello en el cuerpo. Una de las señoras que estaban en el sótano pidió rezar en alta voz un Padre nuestro, al que casi todos, contestamos. Sólo una joven permaneció callada y sentada en el suelo leyendo una revista. Fue la última oración que oí en público durante los dos años que estuve en la zona republicana. Ni siquiera podía pronunciarse el nombre de Dios, salvo que fuera para blasfemar de él. El siete de agosto, leí en el ABC que los agustinos de El Escorial estaban detenidos en Madrid. Otro día apareció en la primera página del mismo periódico una fotografía de seis compañeros míos de Uclés, con este titular:Seminaristas de Uclés, que quieren vestir el mono azul del miliciano”. Estaban en el Colegio Jesús María, de la C/ Juan Bravo. Una tarde fui a saludarlos. Había muchos jóvenes de diversos lugares de España. Estaban bajo la tutela de Protección de Menores. Hablé con uno de los directores, exponiéndole también mi situación. Las cosas en Madrid iban de mal en peor, con escasez de alimentos, y me di cuenta que mi sitio se encontraba en esa institución. No quería ser una carga para la familia que me había acogido, y así se lo comuniqué a D. Santiago, quien, con muchos reparos, supo entender el problema. Fui entonces a parar al Colegio Jesús María. Allí había muchos libros con los que continuaba mis lecturas. La situación era muy inestable, y por motivo de alojar o convertir estas casas grandes en cuarteles, tuvimos que cambiar algunas veces de morada. De allí pasé a la Fuente de la Teja, próxima a la Casa de Campo. De este lugar, al Asilo de Santa Cristina, situado en la Ciudad Universitaria. Aquí me encontré con un grupo de Uclés, procedente de Griñón. De aquí, oliendo el ambiente a pólvora, por el rápido avance de las tropas sublevadas, y estando el frente de combate muy próximo a la Universitaria, nos llevaron a la calle Goya, nº 20, a un colegio perteneciente a la Compañía de Santa Teresa. A finales de noviembre fuimos evacuados para tierras levantinas. Un día en Valencia, otro en Barcelona y el último destino en Sallent de Llobregat. En este pueblo, un grupo bastante numeroso de refugiados de Madrid – así se nos conocía – fuimos acogidos por personas caritativas. Se repetía lo de Uclés. Yo me hospedé en la casa de un humilde albañil, cuya familia estaba constituida por el matrimonio y dos hijos, menores que yo. Sus nombres eran Cirilo Puyo, oriundo de Caspe (Zaragoza) y Olalla Rodríguez, procedente de un pueblo de Almería. El nombre de los hijos: Alfonso, de 12 años, y Paquito, de 8.

A pesar de mi corta edad procuraba ayudar a aquella humilde familia con cuanto podía hacer. En Cataluña, en esa temprana época de la guerra, ya empezaban las dificultades, tanto en comida como en combustible para la cocina. Una riada de muchachos íbamos diariamente al monte a buscar leña. Un hermano de mi protector, Domingo Puyo, y otro obrero andaluz, me avalaron para sindicarme en la CNT (Confederación Nacional de Trabajo, de signo más bien anarquista). Con el carné en mi poder y cotizando semanalmente como estaba establecido, era posible encontrar trabajo en alguna fábrica industrial de las varias que allí había, o entrar en una mina de potasa.

En Sallent fui también testigo de lo que era la persecución religiosa de los templos y de las cosas religiosas. Hasta las cruces del cementerio aparecían rotas. Un ángel, cuya estatua estaba colocada sobre  el portón de entrada, también fue objeto de sacrílega mutilación. A esa hermosa talla, que tenía una espada en la mano derecha, y con el dedo índice del brazo izquierdo señalaba el cielo, una persona, que había asesinado a varios vecinos del pueblo, cogió su enorme pistola y apuntado al dedo, se lo arrebató de un balazo. Entonces la gente gritó: “No derribéis la estatua. Ahora está con el puño levantado y es de los nuestros”. En esa postura lo vi yo. No fui testigo de la hazaña, pero así me la contaron. En febrero del 37 aquella buena y humilde familia lo estaba pasando mal por falta de trabajo. Cirilo, junto con su hermano Domingo, marcharon a Manresa para alistarse en el Cuerpo de Carabineros e ir, si necesario fuere, al frente de batalla. El miedo pudo más que la heroicidad, y Cirilo regresó a Sallent. No así su hermano, que llegó a alcanzar lo que deseaba.

Pocos días después decidió trasladarse a Caspe, donde aún vivía su madre. Me llevaron con ellos, y la familia entró a formar parte de la Colectividad Agraria de la CNT-UGT. Con mi carné de confederal también ingresé en la misma y me asignaron el puesto de ayudante de secretaría en sus oficinas. También en Caspe percibí atónito la persecución religiosa, tanto de personas, como de templos y objetos sagrados. Su iglesia principal estaba quemada y dentro de sus muros se habían colocado algunos almacenes. La iglesia de Santa Lucía fue transformada en mercado de la colectividad. La sacristía hacía de secretaría y en ella me tocó trabajar durante algunos meses. No había señal de culto y religiosidad por ninguna parte, más bien todo lo contrario. Asistí una vez a un entierro en el pueblo y a nadie vi rezar una sola oración. Yo lo hice, pero interiormente. Hubo problemas en la colectividad y reajustes y, como aquello no me gustaba, fui a parar al gobierno de Aragón, donde entré a trabajar en la publicación de un periódico, llamado Nuevo Aragón, primero como ayudante en las máquinas planas, que fueron pronto sustituidas por la rotativa de Solidaridad, periódico de Barcelona que, al incautarse de la espléndida máquina propiedad de la Vanguardia Española, que había sido suprimida, sobraba ya en sus talleres. Todo quedaba en manos de la Confederación anarquista.

Estaba contento con mi trabajo, pues me gustaba todo tipo de maquinaria. Ganaba 300 pesetas mensuales, que era el sueldo del miliciano que luchaba en los frentes de batalla, y que yo, religiosamente, entregaba a la colectividad, porque seguía perteneciendo a ella. Ni que decir tiene que todos o casi todos mis compañeros de trabajo eran anarquistas. Los consideré siempre buenas personas, al menos a los que conocí. Me di cuenta de que eran unos ilusos en sus ideales. Pero en sus filas se cobijaron, con su carné, muchos sacerdotes y religiosos. Tal fue mi caso. Ellos nunca supieron de mis andanzas anteriores. Sí sabían que provenía de la provincia de León, pero nunca me hicieron más preguntas. Un día descubrí a un comunista camuflado, cuando se le cayó del bolsillo de la cazadora el carné del PSUC. No se lo entregué directamente, sino que se lo dejé junto a sus ropas de trabajo. Por mi amistad con él, no comuniqué a los otros este interesante detalle. Lo hice por el bien de la paz entre todos.

Transcurridos muchos años me enteré de la gran nobleza de algunos confederales. Entre ellos Melchor Rodríguez, delegado de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid desde el 4 de diciembre de 1936, que acabó con las sacas de las cárceles.

En el mes de julio del 38, llegaron las tropas comunistas de Enrique Líster, eliminaron el Consejo de Aragón y, naturalmente, también sus medios de propaganda. Nuevo Aragón pasó a llamarse El combatiente del Este, a las órdenes del general Sebastián Pozas, que era quien mandaba los ejércitos de esa zona. El director que dirigió el primer periódico era un tal Graziani, anarquista italiano, un buen hombre, al menos para mí, defendiéndome en una ocasión en la que el ministro de justicia de la República, el anarquista García Oliver, me había mandado una notificación para que regresara a Sallent por haber salido de allí sin permiso de la Junta de Protección de Menores. Yo mostré la carta a Graziani, y éste al tener las mismas ideas que el ministro, le contestó diciendo que el joven Eliseo estaba allí haciendo un gran servicio a la República. Al final tuvo mala suerte, porque las tropas de Líster nos encerraron a todos los que trabajábamos en Nuevo Aragón en los locales de la imprenta, sin posibilidad de abandonarlos. Al director lo fusilaron y a mis compañeros de trabajo, que eran muchachos de veintitantos años, los enviaron al frente. A mí me dejaron, por no darse cuenta que tenía carné de la confederación, o por ser muy joven. Contaba entonces 16 años. Mis jefes, todos comisarios, no me trataron mal. Uno de ellos, apellidado Perellada, una tarde junto al río Guadalope, adonde íbamos a pescar algunos peces, huyendo de los continuos bombardeos, me dijo: “si pudiera darte una patada y enviarte con tus padres, te la daba ahora mismo”. Ni que decir tiene que estas gentes, en cuestión religiosa, eran del mismo pelaje que los anteriores. Nunca dejé de rezar mis tres avemarías por la noche y éstas aumentaban en número a la hora de los bombardeos, que a medida que se acercaban las fechas del año 1938 eran más frecuentes. Esto obligó a la familia que me tenía acogido, a recoger sus pocas posesiones domésticas y huir del pueblo camino de no sé dónde. Personalmente veía cercana la hora de mi liberación y me quedé en mi puesto de trabajo.

Recuerdo que un domingo, por la mañana, pasado ya medio mes de marzo de 1938, cuando estaba imprimiendo el periódico, se oyó el rugir de los aviones. En el momento en que los comisarios decían: “son de los nuestros”, dio comienzo la explosión de las bombas. Cada cual se marchó a su refugio. Emprendí veloz carrera y, atravesando el río Guadalope, me interné en los campos de labranza, camino de la zona llamada la Herradura, que obliga al Ebro a hacer una gran curva, adentrándose hacia el norte. Allí encontré a unos campesinos que conocía y con ellos estuve varios días, hasta que las tropas nacionales, que avanzaban hacia el Mediterráneo, rompieron la escasa resistencia que hacían las brigadas internacionales. Y así, sin tener que cruzar la línea de fuego, volví a Caspe juntamente con el hermano de Cirilo, Domingo, quien me había avalado el carné de la Confederación, y que, cansado de tantos vaivenes, había decidido volver al terruño.

Los brazos de la Divina Providencia siguieron cobijando al muchacho, ya próximo a terminar su éxodo. En Caspe me encontré con jóvenes a los que había visto y tratado en tiempos anteriores. Estaban con fusiles, pero haciendo puestos de vigilancia. Pensé para mis adentros: “bueno, éstos también eran de los míos, pero no lo sabía”. Me dirigí a la plaza mayor, y en las ventanas del Ayuntamiento vi a otros conocidos con los que me puse a hablar. Yo estaba en la calle y ellos allá en la altura, cuando un soldado, que hacía guardia, me dijo: “¿Qué haces hablando con los detenidos?” “No sabía que estuvieran detenidos”, le contesté. “Vamos, y tú también”, y me condujo a la puerta principal. Allí estaba sentado un capitán, con la boina roja de requeté y de aspecto más bien entrado en años. El soldado le dijo: “este joven estaba hablando con los detenidos”. Gracias a Dios caí otra vez  con un ángel bueno. Me hizo unas cuantas preguntas, a las que contesté con alegría y serenidad, contándole brevemente toda mi historia. Al final dijo: “y ¿qué quieres hacer ahora?” Le contesté: “ir a mi pueblo para ver a mis padres a los que hace cinco años que no veo y dos que no sé absolutamente nada de ellos”. Sus palabras fueron: “¡sargento! hazle un pase a este joven para que vaya a su casa.

Era ya el caer de la tarde. Pasé la noche durmiendo en un pajar, y al día siguiente tomé el tren para Zaragoza. El viaje no iba a ser tan feliz como pensaba. Habría de tener algún sobresalto. El primero fue, que al llegar cerca de La Puebla de Híjar, pasó el revisor. Me pidió el billete y le entregué el pase, el papel que me había hecho el sargento. Me dijo el buen hombre: “sí, este papel es válido para que no le detengan, pero hay que pagar el viaje”. Le mostré unos billetes que cobré unos días antes, pero me dijo que no valían. “Pues no tengo absolutamente nada más”, le contesté. “Bien, pues vaya hasta Zaragoza y allí diríjase a la Comandancia para que le den un pase gratuito”. Hice parada de un día en la capital. Pasé la noche durmiendo en un banco de la estación y comí algo que me dieron los soldados. Mientras tanto llegó otro tren con prisioneros, entre los que vi a Domingo, y le saludé. Hubiera hablado con él, pero me lo impidió uno de los soldados que los conducían. Otro militar me preguntó al verme hablar con él: “¿Lo conoces?”: “Sí, era carabinero, contesté, y me dijo con mucha decisión: “pues le huele el cuerpo a pólvora”. Nunca supe más de él, aunque escribí alguna carta a Caspe.

Por la mañana pude entrar ya en una iglesia. Hacía casi dos años que no había vuelto a visitar al Señor sacramentado. Después fui a la basílica del Pilar a rezar una salve a la Virgen. Vi por primera vez, colgadas de las paredes, las dos bombas arrojadas sobre el templo por la aviación republicana, que no llegaron a explotar. No me parecieron de gran calibre. Luego fui a Comandancia. Llegaban a ella muchos soldados que habían perdido sus unidades y trataban de localizarlas. Hice cola, como todos, para hablar con los jefes, y me tocó el turno pasado ya el mediodía, cuando las oficinas estaban a punto de cerrarse. Expuse a un oficial el caso que me llevaba a aquel lugar. Me dijo que el pase era válido y que marchara, que no hacían falta más papeles. Tarde y noche las pasé en Zaragoza durmiendo de nuevo en el banco de la estación. A las 8 de la mañana del día siguiente partí en tren para Valladolid, por la vía de Ariza. En el viaje, con hartos temores ante la presencia del revisor, esperaba cualquier cosa. Procuré colocarme entre soldados. Al poco rato aparece el revisor. Mis oraciones a la Virgen eran constantes. Me pidió el pase y sin desdoblarlo del todo, por tanto sin leerlo, me lo devolvió. Respiré tranquilo y contemplé gozoso los árboles frutales en plena flor por el valle del Jalón. Transcurrían las horas sobre las duras tablas de los asientos del tren. Algún soldado compartió conmigo su pan; y lo que sí tuve, eso sí, fue mucha sed. Allá por la estación de Berlanga de Duero un muchacho vendía el preciado líquido a los pasajeros. Le pedí el botijo y eché un trago. Él esperaba la recompensa, pero sólo pude decirle: “gracias”, extendiendo abiertas las manos en señal lastimera, con más expresión de recibir limosna, que de hacer donativos.

A las últimas horas del día llegué a Valladolid., donde esperé a que llegara el tren de Galicia, que pasaba por León. Siempre entre soldados, con quienes me sentía protegido. No hubo más problemas. A la salida del sol estaba en la ciudad del Bernesga. Me quedaban 54 kilómetros para llegar al pueblo. Tomé la decisión de acercarme hasta San Marcos. Por allí estaba la salida de la carretera. Una oración de petición fue suficiente para encontrar a una pareja de la Guardia Civil que allí hacía servicio. Les expuse mi problema y su contestación fue amable y rápida fue parar el autobús de línea, el que yo buscaba. Dijeron al conductor que me llevase hasta Riello, pues tenía que presentarme en el puesto de la Guardia Civil. Ya dentro, pronto reconocí a algunas personas próximas a mi pueblo. Le dejé al cobrador el hato de ropa que llevaba, diciéndole que, a la llegada a mi pueblo, lo dejara en casa de una tía mía, que era donde el coche tenía la parada. Al llegar a Riello, cumplí la orden que me dieron, presentándome a la Guardia Civil. Cuando le dije al sargento que venía de zona republicana, cogió un gran enfado y comenzó a dar gritos y voces. Volví a explicarle mi situación, de dónde venía y cuál era mi historia. Recobró la calma y me dio un abrazo, pidiéndome perdón. “Gracias a Dios estoy aquí para recibirte”, y me preguntó cómo iba a ir al pueblo, distante 8 kilómetros. Mi contestación, preludio de lo que iba a hacer, fue: “corriendo”. Le dejé el dinero que me quedaba de la última paga que recibí y que no pude entregar en la Colectividad de Caspe, porque desde mediados de marzo había desaparecido casi toda la gente del pueblo. Era dinero del Banco de España y ellos mirarían si tenía valor o no.

Poco tiempo tardé en llegar a mi pueblo. Allí, junto a la carretera, estaba la mayor parte de la gente esperándome. Mi padre llegaba en aquel momento con un caballo para recogerme en Riello. Cinco años hacía que no los veía, y dos sin tener noticias de ellos. Dejé el pueblo con 12 años de edad y regresaba  con los 17 cumplidos. Fueron momentos llenos de emoción y gozo, tanto para mis padres como para mí. Mi padre me dijo: “Hijo, no esperaba volver a verte. Manuel Fidalgo, el soldado de Folloso, – que estudió para agustino – , me dijo hace unos días que habían matado a todos los de Uclés”.

Me quedé con la familia ayudándoles en los trabajos, un año; pero, como sentía en mi interior la llamada a ser religioso agustino, analizados los pros y los contras, la decisión no tardó en llegar. Un día, hablando con mi madre, tratamos con seriedad el tema. Quería volver, pero sentía miedo por lo que habían hecho con mis formadores y profesores. Ella, mirándome fijamente a los ojos y muy segura de sí misma, me dijo: “Hijo, en cuarenta años no va a pasar absolutamente nada”. Era buena, inteligente y profeta. Por ella y con la gracia de Dios RESPONDÍ a la LLAMADA.

“La sangre de los mártires es semilla de cristianos”, dijo Tertuliano. Muchos fueron los que dieron su vida por Cristo, pero los seminarios volvieron a estar repletos de vocaciones, prometedoras de abundante fruto. La persecución fue, sin duda, una gran criba. Acudo nuevamente a Uclés: de 50 aspirantes que había, regresamos solamente 8; de 15 novicios, sólo uno; de 30 profesos, 10; de 12 hermanos no clérigos, 6; y de todos los sacerdotes que fueron mis formadores, solamente 2. A los otros diez los martirizaron los enemigos de Dios y de la fe. Hoy la Iglesia los venera como beatos. Que todos ellos sigan intercediendo por nosotros y por los seminarios. Que no falten operarios en los campos y en la viña del Señor.

P. Eliseo Ildefonso Bardón, OSA

Para completar su biografía hay que añadir que hizo el noviciado en Calahorra (La Rioja) donde emitió sus primeros votos el 3 de noviembre de 1940 y sus votos solemnes en La Vid (Burgos) el 13 de septiembre de 1945. Al año siguiente, recibió el diaconado el 3 de noviembre de 1946  y el presbiterado  el 19 de marzo de 1947, también en La Vid.

Obtuvo la licenciatura en Filosofía en la universidad de Comillas (Cantabria) en 1949 y la diplomatura en la Universidad de Navarra, siendo seguidamente destinado a la comunidad de Nuestra Señora del Buen Consejo de Madrid. En 1955 fue nombrado secretario del colegio San Agustín, de Santander; en 1960 volvió al colegio de Ntra. Sra. del Buen Consejo de Madrid, como ecónomo, pasando en 1963 al colegio de San Agustín de Ceuta. Dos años más tarde, en 1965, volvió al colegio de Ntra. Sra. del Buen Consejo de Madrid, donde fue prior y director  de 1969 a 1973, y posteriormente secretario de 1973  1977, en que pasó a la Residencia Fr. Luis de León, de donde volvió al colegio  Ntra. Sra. del Buen Consejo de Madrid, donde fue secretario de 1979 a 1991. Y de 1994 a 2006 fue también secretario de la revista Religión y Cultura. Pero sobre todo hay que destacar su esfuerzo, su pertinacia y sus esfuerzos por sacar adelante la beatificación de los 104 mártires de la guerra española de 1936-1939. El P. Eliseo Bardón murió en Salamanca el 22 de octubre de 2021. ¡Descanse en paz!

P. Rafael del Olmo

14. P. Eliseo Bardon

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