P. Miguel Ángel Prada Rodríguez

(26 de mayo de 1951 – 13 de junio de 2022)

Nació el 26 de mayo de 1951 en Galende de Sanabria, provincia de Zamora. Sus padres, ya fallecidos, se llamaban Manuel y Adoración. Tuvo tres hermanos: Manuel, Francisco Javier y María Belén.

Realizó los estudios básicos y de primaria en la Escuela Pública de Galende de Sanabria y los estudios medios en el Colegio San Agustín de Palencia.

Tomó el hábito de agustinos el 1 de octubre de 1967 en el Monasterio de Santa María de La Vid (Burgos). Al finalizar el año de noviciado emitió la profesión religiosa el día 2 de octubre de 1968. Cursó los estudios de Filosofía en el Monasterio de Santa María de La Vid y los de Teología en el Estudio Teológico Agustiniano Tagaste de Los Negrales. Más tarde en Ceuta realizó los estudios de Magisterio con especialidad musical.

Realizó la profesión solemne el 29 de junio de 1974 en el Seminario Mayor de Los Negrales (Madrid). El 26 de mayo de 1974 fue ordenado diacono por Monseñor Juan Antonio del Val y el 29 de junio fue ordenado presbítero de manos de Monseñor José López Ortiz, agustino.

Terminada la formación fue destinado al colegio San Agustín de Santander ejerciendo tareas docentes. allí estuvo hasta el año 1983, fecha en que fue destinado a Ceuta. En Ceuta estuvo hasta el año 1999. Allí desempeñó distintos ministerios y tareas: fue profesor, coordinador de pastoral, ecónomo, delegado de deportes. En el año 1999 fue destinado a Palencia, donde permaneció hasta el año 2009, desempeñando las labores de profesor y secretario. En 2009 fue trasladado al colegio San Agustín de Madrid, donde también ejerció de profesor.

El recuerdo que permanece en sus compañeros de curso es el de una persona sencilla, atenta a los pequeños detalles y colaborando para hacer la vida comunitaria más alegre

Murió en la tarde del lunes, día 13 de junio, en el Hospital “La Milagrosa” de Madrid, cuando contaba con 71 años, después de un largo tiempo de enfermedad.

Con estos rasgos biográficos queremos ofrecer ahora su perfil más humano, cristiano, agustiniano y sacerdotal. Los que le han conocido podían añadir otras muchas notas. Y debéis hacerlo. Nuestra aportación es incompleta. Necesitamos de la vuestra. ¿Quiénes iniciamos este “cuadro” de la vida de Miguel Ángel? Sus compañeros de curso dispersos por la geografía española y por América: Julián Fernández, Ángel Rodríguez, Bonifacio Sobrino, Luis Tomás Crovetto y quien suscribe Ángel Camino. Hemos añadido una persona más, que para nosotros, sigue siendo entrañable y uno más del curso: “Sines”, Nemesio Martínez.

Miguel Ángel fue como el niño del curso, el más joven. Con un corazón único, con unos deseos de ser tenido en cuenta, de ser querido por todos, de ser apreciado. Destacó siempre por su alegría interior, siendo siempre optimista. Con un gran deseo de ser útil, de ayudar en lo que pudiera. Con una guitarra en la mano para animar los actos religiosos de la Comunidad en la que se encontraba. Un hombre profundamente amante de su tierra, de su familia. Siempre recordaremos su cercanía a su tío, que en paz descanse, el P. Pedro Rodríguez. Pero también siempre muy centrado en cada Comunidad donde vivió.

De fácil comunicación para convivir con él, para compartir un rato las cosas más sencillas. Uno comenta: “Mis mejores recuerdos de Miguel Ángel parten de la última vez que le vi en el Colegio San Agustín de Madrid. Su interés por saber cómo me iba, como nos iba en Sevilla, y al mismo tiempo su satisfacción por contarme cómo le iba a él en la Comunidad del San Agustín”.

Vivió una vida religiosa con mucha sencillez. Sin aspavientos de nada. Con el deseo siempre de llevarse bien con todos los hermanos. Desde esta realidad era fermento de bondad dentro de todas las comunidades en las que él pudo estar.

Otro compañero conserva un recuerdo que se remonta a más de cinco décadas: “Llevo a Miguel Ángel en el corazón, porque de siempre, desde que éramos niños en el Colegio de Palencia la relación fue muy cercana, por no decir íntima, y siempre uno veía el corazón grande de Miguel Ángel que buscaba en los demás el aprecio, el cariño y el estar a disposición para lo que los demás le necesitábamos. Han pasado más de 50 años y lo que viví de niño con él, no ha pasado”.

Damos gracias a Dios por su vida porque siendo sencilla, nos enriqueció a todos los que le conocimos. Fue dotado de unas cualidades muy propias: unas cualidades humanas formidables tanto físicas, como espirituales, intelectuales… Unas cualidades que supo poner al servicio de su misión sacerdotal, religiosa, fundamentalmente expresada en la educación. Con la música, el deporte, el canto. Fue profesor y siempre atento a sus alumnos. Muy alegre, muy contento, y sobre todo muy fuerte a la hora del sufrimiento y del dolor.

Otro de los compañeros comenta: “Miguel Ángel fue una persona generosa, disponible, divertido. Siempre dispuesta a acompañarte y compartir contigo lo que fuese necesario y a poner su nota musical allí donde hacía falta. Fue parte de mi formación y por ello sigue siendo parte de mi vida. Los compañeros nos ayudamos mutuamente. Lo sigo viendo con la guitarra en la mano”.

Es unánime su predisposición a la ayuda, a estar siempre ahí cuando algo se le pedía. A pesar de su aparente deseo de llevar siempre la razón, jamás te daba la espalda y nunca albergaba resentimiento hacía nadie. Sus enfados pronto pasaban.

Una ayuda que en el Colegio San Agustín sobreabundó atendiendo el complejo servicio del salón de actos y la importante atención a la librería del Colegio. ¡Cuántas personas habrán sido acogidas por Miguel Ángel en ámbitos tan diversos¡ También Jesús le habrá recordado: fui forastero y me acogiste en el salón de actos, ignorante y me enseñaste en el aula o sirviendo libros, triste y alegraste con la guitarra a muchos…

La mejor página agustiniana y sacerdotal la vivió en los últimos años de sui vida. Fue visitado repetidas veces por la enfermedad. Encomiable el acompañamiento permanente de su comunidad del Colegio San Agustín de Madrid y de toda su familia. No podía ser de otro modo. Pero es toda una lección que precisa ser reconocida y alentada.

Ayudado, pues, por los suyos Miguel Ángel supo afrontar la enfermedad y comprobar la fragilidad del ser humano. Miguel Ángel quedará para nosotros como una persona que asumió la cruz de la enfermedad en el ocaso de su vida y al mismo tiempo será el agustino sencillo que con la guitarra en la mano, con su cercanía a los muchachos y con su dedicación a la Comunidad y a su familia hizo de su vida un ofrecimiento a Dios y a nuestra humanidad.

P. Ángel Camino Lamelas, OSA

07. Miguel Angel Prada Rodriguez

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