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``¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?`` (Mc 6, 1-6)

Es precisamente en Nazaret donde Jesús no puede realizar ningún milagro. Resulta contradictorio que la fe de los espectadores afecte a la acción del profeta; como si necesitase del apoyo del público.

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Sus vecinos conocen bien a Jesús, han crecido con él desde niños y tienen una idea muy clara de lo que pueden esperar de él. Precisamente un milagro podría hacerles descubrir esa potencia divina que había quedado oculta en esa adolescencia y juventud en Nazaret.

El Evangelio del 4 de julio, habla de cómo Dios transforma la realidad del hombre, que solo con la mirada de la fe puede alcanzar la Verdad.

¿Pero qué es lo que anuncia el profeta de Nazaret? ¿No es el Reinado de Dios? Y podríamos fantasear con que ese “reinar” de Dios haga trampas con las leyes de la naturaleza y la sociedad para facilitar que los pobres sean menos pobres y los que lloran sean consolados. Quizás los milagros serían una anticipación de ese reinado, una especie de comienzo de una “revolución” de la naturaleza humana para que sea más como tiene que ser: que los ciegos vean y los paralíticos anden.

Pero el Reinado de Dios no hace trampas con la vida de los hombres, sino que la asume. El anuncio del profeta de Nazaret es él mismo, su propia vida y existencia que quiere compartirla, como la había compartido con sus primos Santiago, José, Judas y Simón, como la compartirá con Pedro, Andrés, Juan y los otros nueve. La misma vida que María compartía desde que el ángel se le presentó.

Eso es tener fe, mirar al hijo del carpintero y reconocer la presencia del reinado de Dios que transforma la realidad del hombre sin hacer trampas con las fragilidades del hombre. Ese es el auténtico signo, la presencia de Dios en lo humano, aunque luego vengan otros signos que permitan confirmar esa presencia de una forma más notoria y exagerada. Hay quien viendo al hijo de María entiende que es sólo un vecino más, y hay quien creyendo que es el Mesías, entiende que está presente en Nazaret. Por tanto, tú, “entiende mi palabra para creer, y cree la Palabra de Dios para entenderla” (Sermón 42, 7-9)

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