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``Quien acoge a un niño en mi nombre, me acoge a mí`` (Marcos 9, 30-37)

En el evangelio del domingo 19 de septiembre se nos presenta el contraste entre la escala de valores de los hombres y la del Hijo del Hombre. Los discípulos tienen la preocupación en lo noble y elevado y se quedan atrapados en la tierra, mientras que Jesús nos propone mirar a lo pequeño para alcanzar lo eterno.

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El camino de la Cruz tira por tierra nuestras ambiciones. No hay lugar para el orgullo y la ambición al lado de quien escoge libremente que le desprecien y le abandonen. Jesús abre para nosotros una senda que transforma la perspectiva que el hombre tiene sobre su vida, y al transformar esa mirada transforma también las relaciones en la sociedad. Invita a que miremos en primer lugar a quien más nos necesita, que nos fijemos en aquel de quien podríamos ocuparnos en lugar de buscar alguien que nos pudiera ser útil.

Poner al niño en el centro es poner delante de los ojos de los apóstoles la fragilidad para que la fuerza y la capacidad de los Doce se vea reflejada en el rostro del niño en una mirada que transforma a los rudos galileos en protectores, en cuidadores, en cierto sentido lo hace salvadores de ese niño. Mirar la fragilidad nos devuelve una mirada que saca de nosotros esa paternidad de Dios que Jesús vino a compartir con nosotros, no sólo porque Dios sea un padre para nosotros, sino ante todo porque hace de nosotros “padres” los unos de los otros. Servidores con el Hijo. “Tal es el camino: camina por la humildad para llegar a la eternidad. Cristo Dios es la patria adónde vamos; Cristo hombre, el camino por dónde vamos. A él vamos, por él vamos” (Serm. 123, 3)

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