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El religioso agustino, P. Antonio Iturbe, reflexiona sobre la fe y la belleza en el Día Mundial del Arte

El Día Mundial del Arte se celebra cada 15 de abril desde el año 2012. Una fecha que busca dar a conocer la importancia que tiene el arte y, sobre todo, el pensamiento creativo para la evolución del pensamiento humano y la resolución de cualquier problema.

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La celebración la propuso la Asociación Internacional de Artes Plásticas (AIAP) y se oficializó a partir de 2019 por la UNESCO. La razón de que la celebración sea el 15 de abril es que coincide con la fecha de nacimiento de uno de los mayores artistas de la humanidad, Leonardo Da Vinci, un hombre que fue pintor, escultor, diseñador, arquitecto, poeta, biólogo y un largo etcétera. Por eso se le considera el hombre del Renacimiento. De todo ello, y de la relación entre el arte y la belleza con la expresión de la fe, habla en el siguiente texto el P. Antonio Iturbe, OSA.

Coincidiendo con el Día Mundial del Arte, el religioso agustino P. Antonio Iturbe reflexiona sobre la relación entre la belleza y la expresión de la fe.

Benedicto XVI en 2009 citaba estas palabras de Simone Weil: En todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de lo bello está realmente la presencia de Dios. Hay casi una especie de encarnación de Dios en el mundo, del cual la belleza es un signo. Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por eso, cada arte de primer orden es, por su esencia, religioso.

El Pseudo-Dionisio llegó a decir que lo bello es el principio de todas las cosas, su causa eficiente, su motor y la que las contiene por amor de su propia belleza…. Por eso, lo bello es idéntico al bien, porque, en toda causa, todo tiende hacia lo bello y hacia el bien. No hay ningún ser que no participe de lo bello y del bien.

Junto a esta presencia de lo divino en lo bello, los seguidores del Maestro buscaron también el rostro de Dios, cuando se representaba la imagen de Jesucristo. Después lo harán con los santos. De este modo, a pesar de la desconfianza de los primeros siglos hacia las imágenes, herencia del judaísmo, se fue generalizando el culto a las imágenes, porque estas servían para expresar los sentimientos más hondos de la fe y como excelente instrumento de catequesis. Por algo se les ha llamado “la Biblia de los pobres”. Las primeras manifestaciones de la iconografía cristiana tuvieron una función didáctica; pero, al entrar a formar parte del culto ritual, las imágenes se convirtieron también en expresiones estéticas de la fe.

Inicialmente los criterios acerca de este culto iconográfico no fueron unánimes. Los Padres de la Iglesia, para evitar posibles confusiones y derivaciones hacia el culto idolátrico, insistirán en la distinción entre el retrato y la realidad, advirtiendo que la imagen de Cristo no es el mismo Cristo en persona, sino su retrato; y tratando de evitar cualquier riesgo de superstición. De hecho, San Agustín mostró sus reservas ante los picturarum adoratores (adoradores de pinturas) (De mor. Ecc. 34, 75), mientras en el sermón 316, 5 admirará una pictura dulcissima (pintura dulcísima) que representaba el martirio de S. Esteban. En Bizancio, sobre todo, el arte, sin dejar de ser expresión de la belleza sensible, se orientó más hacia un carácter espiritual y simbólico. Los iconos no sólo fueron concebidos como objeto de apreciación estética, sino también de veneración.

Por otro lado, se pedirá que las imágenes estén no sólo al servicio de la religiosidad, sino también que nazcan a la sombra de una vida de oración y contemplación por parte del artista: Para plasmar una obra de suma belleza divina, el artista debía estar envuelto en una atmósfera de cierto misticismo contemplativo.

Von Balthasar, cuando habla del artista cristiano, compara su labor con la de un confesor: El confesor tiene la misión de profundizar desde las tinieblas del pecado para abrir un mundo nuevo de gracia y de luz. También el artista que se entrega de lleno a su misión carismática, puede abrir las tinieblas que ocultan la gracia y mostrar en la imagen la auténtica belleza portadora de la promesa de salvación.

Por el contrario, hoy día a cualquier cosa se le llama arte. Se ha dicho con razón que vivimos en un hervidero de cambios, en el que nos estamos acostumbrando a la mentira artística por sistema. Por desgracia el arte actual se ha escorado hacia la política, la economía y la propaganda populista, y ha olvidado la belleza, la verdad y la bondad…

Un psicólogo norteamericano se hace hoy día estas preguntas: ¿Cómo podemos distinguir la verdad de las “pseudoverdades” en la era de Internet, en la que nos fiamos del bombardeo de informaciones de carácter inmediato y de blogs anónimos? ¿Cómo juzgar la belleza cuando muchos artistas modernos la consideran una virtud anticuada, y cuyas obras pretender más bien causar impacto que placer en el espectador? ¿Y cómo distinguir lo bueno de lo malo, cuando la moralidad está politizada y relativizada?

Por eso, hay que afirmar con Dostoyevski: la belleza salvará al mundo.

Una nota y anécdota final, que nos indica el camino que hemos de seguir respecto a la belleza y la fe: El P. Rojas, último confesor del Fr. Alonso de Orozco, OSA, al recoger los sentimientos religiosos y artísticos de este santo, nos dice: Entonces le apareció Ntra. Señora en figura de una doncella muy hermosa, y que tenía unos ojos lindísimos, y que con ellos le robó el alma; y díjome a mí contándome este caso, que eran tan lindos los ojos que nunca los pintores aciertan a pintarlos como ellos eran; que si fuera pintor piensa que acertara a pintarlos como eran. Esta Señora le consoló, y nuestro Fr. Alonso de Orozco, agradecido a esta merced, pidió a la Virgen que le dijese de qué obra u obras se serviría en agradecimiento de merced tan grande; y respondióle la Soberana Señora que se serviría mucho de que escribiese y predicase.

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