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``Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos`` (Mc 7, 31-37)

El Evangelio del domingo´, 5 de septiembre, narra el milagro por el que Jesús cura a un sordomudo. Pero con sus gestos simboliza mucho más que una curación en el plano físico. Muestra aquello, que en el terreno espiritual, dice y ofrece a cada persona.

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Al llegar a la Decápolis, tierra de paganos, los habitantes de aquel lugar notan su presencia y acuden a él para pedirle otro milagro, la curación de un sordomudo. Jesús retira al enfermo de la multitud curiosa. Aunque generalmente cura a los enfermos imponiendo las manos y pronunciando su palabra eficaz, aquí realiza también una serie de gestos simbólicos que dan a todo el proceso una solemnidad especial.

Mira al cielo para indicar su relación divina, le mete el dedo en los oídos como prueba de que es el dedo de Dios quien actúa, le toca la lengua con la saliva, que es fuente de la transmisión del Espíritu.

El evangelista Marcos ha conservado en su original arameo la palabra que Jesús dirige al sordomudo: “effetá”, ¡ábrete! Si la sordera y la mudez consisten en la incapacidad de comunicarse correctamente con el prójimo, debemos reconocer que todos somos sordomudos y a todos dirige Jesús aquel grito. Hoy se prefiere hablar de “discapacidad auditiva”, precisamente para distinguir el simple hecho de no oír, de la sordera moral: ésta sí que depende de nosotros.

Somos sordos, cuando no oímos el grito de ayuda que se eleva hacia nosotros y preferimos poner entre nosotros y el prójimo el “doble cristal” de la indiferencia. Los padres son sordos cuando no entienden que ciertas actitudes extrañas o desordenadas de los hijos esconden una petición de atención y de amor. Un marido es sordo cuando no sabe ver en el nerviosismo de su mujer la señal del cansancio o la necesidad de una aclaración, y viceversa.

Por otra parte, estamos mudos cuando nos cerramos, por orgullo, en un silencio esquivo y resentido, mientras que tal vez con una sola palabra de excusa y de perdón podríamos devolver la paz y la serenidad en casa.

Los milagros de Cristo jamás son fines en sí mismos; son “signos”. Lo que Jesús obró un día por una persona en el plano físico indica lo que Él quiere hacer cada día por cada persona en el plano espiritual. Lo que decide la calidad de una comunicación no es sencillamente hablar o no hablar, sino hacerlo por amor. San Agustín, cuya fiesta hemos celebrado hace unos días, decía a la gente: “Preocúpate de que en tu corazón haya amor. Si hablas será por amor, si callas será por amor, y todo estará bien porque del amor no viene más que el bien”.

El Papa Francisco nos anima a cuidarnos unos a otros. Este es nuestro lema para el curso presente: “Cuídala”. Cuida la vida, cuida la naturaleza, cuida la amistad, cuida la familia, cuida la oración. Jesús vino a este mundo a restaurar nuestras relaciones rotas y nos dejó los sacramentos para curar nuestra sordera y nuestra mudez espiritual. En el bautismo el ministro realiza sobre el catecúmeno los gestos que Jesús realizó sobre el sordomudo: le pone los dedos en los oídos y le toca la punta de la lengua, repitiendo la palabra de Jesús: effetá. Nuestro compromiso bautismal nos lleva a no hacer oídos sordos ante la realidad que nos rodea. Oigamos los gritos del pueblo de Afganistán, el sufrimiento de los haitianos y el de todos los hombres y mujeres que están sufriendo la pandemia, y proclamemos que es posible la esperanza. Toda persona debe estar abierta a Dios para que poder escuchar la Buena Noticia del evangelio y proclamar con los labios que Jesucristo es el sentido de nuestra vida.

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